La historia entre 1944 y 2004:

La ruptura de relaciones argentino germana y la demonización de lo judío

La destrucción de los judíos de Europa fue posible, gracias a la “demonización” que se intentó del judío que pasó a ser el enemigo número uno de la Humanidad. Se popularizó eso de que si se eliminaba al judío, la humanidad viviría tranquila y sin sobresaltos. Esto, lamentablemente, costó seis millones de víctimas, o sea la destrucción de la mayor parte del judaísmo europeo y un tercio de todo el pueblo judío de la época. Hoy, Holocausto de por medio, somos testigos de una campaña de demonización del Estado de Israel, al que se lo acusa de ser la “mayor amenaza” para la seguridad mundial. No importa que Corea del Norte tenga armas nucleares, que Irán esté tratando de obtenerlas, que en Sudán los fundamentalistas hayan asesinado a un millón de negros o que Saddam Hussein haya utilizado gases para aniquilar a miles de kurdos. Y ni hablar ya de las sanguinarias dictaduras que tuvimos por estas latitudes. ¿La historia se repite o estamos ante algo totalmente nuevo? Analicemos lo sucedido, como ejemplo, con la ruptura de relaciones entre Argentina y Alemania, hace 60 años atrás. Si para algo sirve la historia es para poder aprender de las experiencias del pasado.

Por Abraham Huberman

Hace 60 años atrás el mundo estaba todavía en llamas. Falta más de un año para la caída del Tercrer Reich; la invasión a Normandía debía esperar aún varios meses y, si bien sabemos que el régimen de Hitler ya estaba herido de muerte, por el momento tenía aún bastantes fuerzas para seguir asesinando judíos. Comenzaremos nuestra crónica con un hecho relacionado con la Argentina y más específicamente con judíos argentinos. Exactamente el 26 de enero de 1944, Argentina rompió sus relaciones diplomáticas con la Alemania. No lo hizo espontáneamente sino por efecto de fuertes presiones ejercidas por los Estados Unidos e Inglaterra, quienes amenazaron con revelar un vergonzoso negocio de adquisición de armas en Alemania.
Imaginemos la situación. Fines de 1943. ¿Qué país tenía que ser aquel que en ese momento, le compraba armas a la Alemania nazi? Y a ¿qué país la Alemania de Hitler le vendería armas en ese momento? No podemos ahondar más en ese tema por falta de espacio. Dos días después de la ruptura de relaciones diplomáticas con Alemania, Adolf Eichmann emitió una orden por la cual, “todos los judíos y judías residentes en cualquiera de los países bajo dominio nazi, debían ser inmediatamente detenidos y conducidos al campo de concentración de Bergen Belsen. Además sus bienes debían ser incautados. No sabemos qué destino corrieron esos judíos, pero podemos imaginarlo. Sólo judíos argentinos fueron detenidos. La cuestión judía seguía siendo prioritaria para el nazismo.
Lo más grave estaba por venir. Varios de los países europeos que se asociaron al régimen nazi y lucraron, al producirse el vuelco total, al no estar más seguros de la victoria nazi, trataron de salir de esa alianza. Ya lo había hecho Italia en septiembre de 1943 después de la caída del régimen fascista de Mussolini en julio de ese año. El resultado fue desastroso porque los alemanes, previendo ese paso, invadieron y ocuparon Italia de tal modo que ese país pasó a integrar la larga lista de los sometidos al dominio nazi.
Para los judíos italianos comenzaron los horrores de la Shoá. Otros países de la alianza nazi estaban tratando de hacer lo mismo sabiendo, además, los riesgos que eso implicaba. Se trataba, concretamente, de Rumania y Hungría que fue el único que logró rodear y dominar a las tropas alemanas, llegando inmediatamente el Ejército Rojo que liberó Bucarest en agosto de 1944.
En Hungría ese intento se frustró con gravísimas consecuencias, porque en ese país, todavía, permanecía casi intacta la mayor comunidad judía de Europa después de la casi total destrucción del judaísmo polaco.

El caso húngaro

En Hungría vivían, en ese momento, alrededor de un millón de judíos, contando con los de las regiones anexadas de Rumania, Eslovaquia, Yugoeslavia, etc. El gobierno húngaro estaba haciendo febriles esfuerzos ante los aliados occidentales para salir de la alianza con Hitler, ante el peligro inminente de la ocupación del país por las tropas soviéticas.
En varias ocasiones Hitler había presionado a Hungría para que entregue a sus judíos, a lo cual los húngaros -que no eran para nada pro judíos- se negaron rotundamente, con el argumento que desempeñaban un papel prominente en la economía de ese país y su desaparición afectaría negativamente el esfuerzo y la contribución de Hungría en la guerra.
Hitler ya lo había señalado: Hungría se está transformando en un gran gueto porque todos los judíos (perseguidos) huyen hacia allí. Eso, por supuesto, era exagerado. Vessenmayer, el representante alemán en Budapest, le informó a su gobierno que la presencia de un millón de judíos en ese país, equivale a la acción de un millón de saboteadores comunistas. De allí también provienen los esfuerzos del gobierno de Hungría por abandonar el frente nazi. Muy pronto se abatió la desgracia sobre los judíos de Hungría, un país que hasta ese momento era todavía una isla dentro de la aniquilación generalizada de los judíos en Europa. Y aunque estaban sufriendo muchas restricciones y discriminaciones desde 1938, lo peor no había llegado todavía. Sus líderes, gracias a los buenos contactos que mantenían con altos círculos del poder, creían que podrían evitar el amargo destino que cayó sobre las otras comunidades judías del continente.
El 19 de marzo de 1944 el país fue ocupado por tropas alemanas, quienes inmediatamente pusieron al frente del gobierno a un húngaro fiel a sus intereses. La situación de los judíos cambió abruptamente. Ya ese mismo día se presentó en las oficinas de la comunidad judía, un representante del comando de tareas de Eichmann, quien les comunicó que a partir de ese momento cesaban todos los tratos y contactos entre los judíos y el gobierno húngaro.
De ahí en más debían tratar y acatar solamente las órdenes que recibirían de las autoridades alemanas. Podemos imaginar el pánico. Todos los rumores y peores temores se confirmaron. Se creó un Consejo Judío que debía transmitir las órdenes nazis. En ese Consejo, por primera vez, estuvieron representados varios sionistas. El judaísmo húngaro, altamente asimilado en su mayor parte, fuertemente patriota, no había sido un terreno fértil para la ideología sionista, aunque paradójicamente Teodoro Herzl, el padre del sionismo político hubiera nacido en Budapest. Herzl, ya en 1903, a escasos meses de su muerte, había formulado una tétrica profecía, cuando parecía que los judíos de Hungría estaban en la cúspide de sus logros y brillo.
Es importante señalar que el comando de Eichmann, que tenía la misión de poner en marcha las medidas previas a la deportación de los judíos húngaros a Auschwitz, contaba con un personal muy escaso. Apenas doscientos o como máximo trescientos.¿Pudieron ellos solos realizar una tarea que no era ni fácil ni sencilla? Debían marcar a los judíos, despojarlos de sus propiedades, amontonarlos en guetos y recién después deportarlos hacia la muerte. Para ello debieron contar con la colaboración entusiasta y efectiva del gobierno húngaro, de todos su órganos de poder, incluyendo la policía, la gendarmería, etc. Sin esa colaboración, altamente efectiva, mucho mayor que la que pusieron al servicio de la solución de los graves problemas que tenía su propio país, la destrucción de los judíos de Hungría hubiera sido imposible.

El prejuicio húngaro

En un tiempo cortísimo, en menos de dos meses, desde el 15 de mayo hasta el 7 de julio de 1944, hicieron todo eso, enviando a Auschwitz a casi medio millón de judíos. Esa era la tarea más urgente que tenían. Incluso si perdieran la guerra, por lo menos, la destrucción de los judíos se habría logrado. ¿Existía alguna fuerza en Hungría o fuera de ella que pudiera o quisiera impedirlo?
Creo que la respuesta es obvia, porque los resultados están a la vista. La población húngara, sometida a una intensa campaña antisemita desde la década de 1920, descargaba todas sus frustraciones sobre los judíos.
Según ellos, habían sido los que llevaron a Hungría a la guerra en 1914. Ellos fueron los artífices de su derrota y la posterior pérdida de las dos terceras partes de su territorio. Judíos fueron los que estuvieron al frente de la revolución comunista, cuyo líder era Bela Kun. Los judíos monopolizaban la industria, el comercio, la literatura, el arte y el periodismo en Hungría.
Los judíos eran, entonces el mayor, si no el único problema que tenía el país. Ninguno de los graves problemas que existían se solucionaría si no se eliminaba antes la influencia judía.
Pero existían diferencias en cuanto a la metodología: aplicar leyes poniendo a su servicio todo el aparato legal, es decir, poniendo en acción “un antisemitismo civilizado” o acudir a la violencia, a la fuerza bruta más desembozada.
Además existían ciertas reservas. El gobierno estaba interesado en contar con la colaboración de prominentes judíos, de la banca y la industria, que actuaban en nombre de poderosos intereses económicos y políticos del país. Estos eran los “judíos útiles”. Los otros eran los subversivos. Los primeros estaban seguros que el Gobierno siempre los protegería. A los otros, los inmigrados de Galitzia y Polonia se los debía expulsar. Correspondían exactamente a la imagen con la que los antisemitas los describían. Estos fueron los primeros en ser deportados y asesinados, tres años antes de que la gran tragedia se abatiera sobre todos los judíos, incluyendo a los que habían abandonado el judaísmo convirtiéndose al cristianismo. Finalmente se comenzaron a aplicar, en Hungría, criterios raciales para definir a los judíos, al igual que en la Alemania nazi.

Israel Kastner

¿Pudieron los líderes judíos haber evitado o trabado la política implantada por los nazis y ejecutada voluntariamente por sus colaboradores nazis? Ese fue el tema de una gran juicio que se realizó en Israel contra Israel Kastner, que había sido un importante líder sionista en aquella época. Fue condenado y luego absuelto por un tribunal superior. Finalmente fue asesinado en marzo de 1957, por un grupo terrorista judío de extrema derecha que quiso, de ese modo, protestar por el retiro de las tropas israelíes de Gaza y Sinaí, después de la victoriosa guerra de 1956.
Calificaron ese hecho como “kastnerismo”. John S. Conway, un eminente investigador del Holocausto, aconsejó -retrospectivamente- que los judíos debían haber arrojado una “lluvia de piedras” contra los que venían a capturarlos, huyendo luego “como ciervos” cuya cacería sería difícil.

Ni como moneda de cambio

Los aliados rechazaron toda propuesta de negociar con los nazis cuando estos propusieron intercambiar 1.000.000 de judíos por 10.000 camiones y otros insumos, que serían utilizados en el frente ruso. Por supuesto, podían suponer justificadamente, que detrás de ese ofrecimiento existía una gran trampa. Pero había dos cuestiones más. Aun si todo fuera correcto y sincero, quién recibiría a tantos judíos y quien los mantendrían. Los ingleses inmediatamente hicieron saber que la posibilidad de que esos judíos ingresasen a Palestina quedaba totalmente descartada, porque eso irritaría enormemente a los árabes, proveedores de la mayor cantidad de petróleo necesario para la marcha de la guerra. Tampoco tuvo mejor suerte la propuesta de bombardear Auschwitz y las vías de acceso. Eso no era un objetivo militar. En suma, todas esas protestas fracasaron también porque no se quería irritar a la opinión pública de los países aliados que luchaban contra Hitler, ya que eso podía ser utilizado por los nazis como una demostración de que lo único que les interesaba a los aliados era salvar judíos y que en realidad, estaban haciendo esa guerra contra Alemania, por encargo de los judíos.
Todas las iniciativas quedaron, así, paralizadas, excluyendo las acciones humanitarias de salvación realizadas por individuos valientes como Raul Wallenberg, sueco, Kart Lutz suizo, Giorgio Perlasca, italiano, y otros pocos que, en cada país ocupado por los nazis ayudaron a salvar judíos a riesgo de su vida.

La demonización de lo judío

La destrucción de los judíos de Europa fue posible, gracias a la tarea de “demonización” que comenzó mucho antes. El judío pasó a ser el enemigo número uno de la Humanidad. No había otro problema, ni otro peligro mayor que ese. Si se eliminaba ese peligro, la humanidad viviría tranquila y sin sobresaltos. Esto nos costó seis millones de víctimas, la destrucción de la mayor parte del judaísmo europeo, un tercio de todo el pueblo judío.
Hoy, a una distancia de sesenta años, somos testigos de otra campaña de demonización, esta vez contra el Estado de Israel, a quien se acusa de ser la “mayor amenaza” para la seguridad mundial. No importa que Corea del Norte tenga armas nucleares, que Irán esté tratando de obtenerlas, que en Sudán los fundamentalistas hayan asesinado a un millón de negros, que en su momento Saddam Hussein haya utilizado gases para aniquilar a miles de kurdos.
Y ni hablar ya de las sanguinarias dictaduras que tuvimos por estas latitudes. Los medios de comunicación masiva, incluyendo el cine, al lanzar al mercado películas que hubieran sido populares en la misma Alemania de Hitler. Los judíos europeos, y no solamente ellos se sienten otra vez amenazados.
¿La historia se repite o estamos ante algo totalmente nuevo? No debemos menospreciar lo que está sucediendo. La creencia en la racionalidad del hombre es muy importante, pero les prejuicios y los mitos arraigados desde hace dos mil años no pueden ser suprimidos en algunos pocos decenios. Si para algo sirve la historia es para poder aprender de las experiencias del pasado.
Decir “nunca más” es hermoso pero no suficiente.