¿Cuál es nuestro pecado original?  ¿Quizás ser judíos?

Durante la presentación del libro “El mejor país del mundo”, el pasado viernes 24/11, organizado por Tzavta y Nueva Sion, su autor Mauricio Goldberg leyó un texto conmovedor, aludiendo a los difíciles tiempos actuales. “No se puede negar la perspicacia de Sartre cuando denuncia la complicidad latente entre el antisemita y el filosemita (que él concreta en el demócrata): ‘el antisemita reprocha al judío ser judío, mientras que el demócrata le echará en cara considerarse judío. Pillado entre el adversario y el defensor, el judío se encuentra sin sitio: como si no tuviera más elección que la de elegir la salsa con la que ser guisado. El primero le hace visible para negarle y el segundo le invisibiliza para salvarle, pero en ambos casos el judío tiene que desaparecer”.
Por Mauricio Goldberg

Los acontecimientos posteriores a la invasión del territorio israelí desde la franja de Gaza ocurridos el siete de octubre pusieron otra vez en el centro de atención la situación de crisis permanente en el Medio Oriente, ahora con una fase aguda.

No pretendo hacer un análisis político de lo ocurrido porque gente más capacitada e informada lo está haciendo en muchos rincones del planeta. Quisiera hacer un comentario a las reacciones de diferentes sectores en nuestro país y el resto del mundo y para ello reproduzco dos fragmentos de distintos autores que me ayudarán a exponer el dilema judío. Dice Tomer Persico:

“En la famosa obra Los protocolos de los sabios de Sion, que acusa a los judíos de conspirar para el dominio mundial, resulta ser que este objetivo se lograría inyectando «el veneno del liberalismo» en las venas de la humanidad para debilitarla. Para los autores de este texto antisemita arquetípico, los valores de la Ilustración y el orden liberal emergente son el enemigo. En su opinión, esta es la cima del mal, y, por lo tanto, esto es lo que los judíos habían planeado.

Ésta es la esencia del antisemitismo. No es solo odio a los judíos, sino la identificación de ellos con el pecado más monstruoso. Si no es el asesinato del hijo de Dios, es el asesinato de niños para uso ritual de su sangre. Si no es la avariciosa explotación de los pobres, es la contaminación de la raza superior. Si no es el capitalismo, es el comunismo. Y si no es el cosmopolitismo sin raíces, es el nacionalismo y el colonialismo.” (Haaretz 10.11.23)

Y a continuación un texto de Jean Paul Sartre: él se dirige a quien está dispuesto a razonar, es decir, a los demócratas, a los amigos de los judíos y a los partidarios de la emancipación. “Todos estos filosemitas han pensado que la mejor manera de resolver la cuestión judía era negando al judío en cuanto individuo singular o diferente, al tiempo que se afirmaba su pertenencia a la especie humana. El demócrata es filosemita en tanto ve al judío asimilado y empieza a ser antisemita tan pronto como el judío se afirma como judío. A los ojos del ilustrado el judío no puede ser al mismo tiempo ilustrado y judío.” (Sartre, JP, Reflexiones sobre la cuestión judía, Paris, 1948)

Si debiera poner otro título a mi texto sería: la soledad de los judíos que se definen por una ideología de justicia social y solidaridad con las minorías oprimidas.

El Estado de Israel fue creado como consecuencia de una labor política de reunificación del pueblo judío que comenzó a finales del siglo diecinueve. Las persecuciones y pogroms que se repetían en suelo europeo sobre todo en su parte central y oriental dieron base y sustento a ese movimiento.

El Holocausto, con sus seis millones de víctimas asesinadas y el medio millón de sobrevivientes que no tenían donde ir ni eran aceptados en ningún país del planeta, terminó de hacer necesaria y dramática la existencia de ese Estado.

En el momento de su creación contó con el apoyo de la Unión Soviética y países alineados con la misma. Y la dirigencia partidaria de Israel abrevaba claramente en las fuentes del laborismo socialista.

Muchos judíos progresistas en el mundo saludaron el advenimiento del Estado porque imaginaban que era un abanderado de la justicia social en medio de esa región donde no había mucha tradición de democracia.

El planeta siguió girando. Las políticas circunstanciales de la Unión Soviética cambiaron y muchos de esos judíos decidieron sacar a Israel del estante donde lo había colocado. Gran parte de ellos eligió darle la espalda e ignorarlo cuando no condenarlo por su política en relación al pueblo palestino.

Sin embargo, aun cuando los judíos progresistas hacían gala de su reprobación de la política exterior del Estado israelí, y repetían la solidaridad con el pueblo palestino y su derecho a un Estado, empezaron a sentir que no alcanzaba con sus proclamas para ser identificados como parte de quienes se definían por la inclusión social en el mundo.

Y se ve estos días cómo muchos enrolados en esa supuesta vanguardia enemiga de las desigualdades sociales ya no solo cuestionan las políticas del Estado de Israel, si no que hablan de que su mera existencia es contraria al derecho internacional y que en si misma es un acto de opresión para con el pueblo palestino.

Y descubro judíos que reconocen esquivar el tema de Medio Oriente en sus charlas y hasta en su trabajo. Es que se les pide a los judíos ser más categóricos en su condena al Estado de Israel y más absolutos en su defensa del pueblo palestino. Tienen que convencer de su fe democrática.

¿Será porque tenemos un pecado original? ¿Y cuál sería? Quizás la condición judía.

Y cito un fragmento de mi novela -perdón por lo autorreferencial-: “…sin embargo ese mundo judío fuera de Israel, sobre todo para quienes no son religiosos, va a precisar como nunca de la existencia de un Estado propio. Porque no van a poder recurrir a la tradición ni a la sinagoga para sentirse plenamente judíos y no va a alcanzar con comer ‘guefilte fish o ´´falafel´. Un uruguayo en Holanda precisa de su país, un cubano en Miami necesita de su nación, lo mismo un judío argentino o francés. Se sentirían abandonados sin esa luz, volverían a la fragilidad de dos mil años que terminó en el Holocausto…”

La izquierda internacional descubrió en el antisionismo acérrimo un elegante reemplazo del antisemitismo, pero cuando es incapaz de lamentar y condolerse por los bebés, las mujeres y los civiles muertos el 7 de octubre, muestra la hilacha que, si uno tira, lleva inevitablemente a la trama del prejuicio antijudío.

Acá y en el resto del mundo eligen quiénes tienen derechos humanos que deben ser defendidos, y acomodan a los que ya condenaron de antemano en el estante del opresor, porque nada mejor que un enemigo concreto al que endilgarle todos los males.

Pienso en mi madre cuando debió escapar de su pueblito polaco a los 17 años porque era judía. Pienso en mi padre que salvó su vida porque había dejado su Polonia natal antes del estallido de la guerra. Y por primera vez intuyo y experimento, aunque en una medida mucho menor, la soledad que deben haber sentido cuando el mundo se convirtió en un lugar enemigo y debían huir y ocultarse.

Ellos pudieron rearmar su vida en la Argentina. Por mi parte, soy un agradecido por todo lo que viví y pude hacer acá.

Pero ante esta andanada de furia antijudía disfrazada de palabrerío político, frente a quienes revindican la destrucción del Estado de Israel digo: no tengo nada de qué avergonzarme, no tengo por qué esconder mi alegría de que exista un Estado que los judíos puedan tener a modo de luminosa referencia.

Desde la creación del Estado de Israel, los judíos en cualquier lugar del mundo nos sentimos menos solos.