Bee season, el precio del triunfo

En la plataforma Star + puede verse actualmente la película Bee Season, conocida en castellano como Palabras mágicas y también como La huella del silencio, según el país. Un filme presenta una mirada filosófica sobre el misticismo judío, entramada en una familia de clase media-alta en Estados Unidos. “A pesar de contar con actores reconocidos, la película no alcanzó una repercusión paralela al libro, que fue best-seller. Algo se escapa e incómoda en ella. Resulta muy difícil abordar el tema de la cábala, más allá de la popularización y banalización del mismo, de hecho no abundan películas que lo enfrenten y ésta lo encara, generando ya asombro, ya incomprensión”, apunta la escritora María Gabriela Mizraje en este comentario realizado para Nueva Sion.
Por María Gabriela Mizraje

Bee Season es el título inglés de la película estadounidense dirigida por Scott Mc Gehee y David Siegel (con producción de EE.UU. e Israel, a cargo de Albert Berger y Ron Yenxa)), estrenada en el 2005. Fue traducido a nuestra lengua en dos versiones, como y en su reverso complementario como La huella del silencio.

            Basada en la novela homónima de Myla Goldberg del 2000 (versión española: La estación de las letras, RBA Santillana) y con guion de Naomi Foner Gyllenhaal, la obra, más allá de mostrar los conflictos de una típica familia de clase media-alta en Estados Unidos, explora un camino contemporáneo de la mística judía.

Bee season fue el primer libro publicado por Goldberg, alcanzó un éxito notable y la banda The Decemberists le dedicó una canción alusiva a su autora, «Song for Myla Goldberg», incluida en su segundo álbum, Her Majesty The Decemberists, de 2003, en la cual Colin Meloy, con acierto, afirma una y otra vez «it comes around, it comes around», reflejando cabalmente la forma en que la niña protagonista da vuelta entre las letras así como la autora lo hace con su ficción.

Pues Bee Season alude a la competencia «National Spelling Bee», realizada anualmente en aquel país y que implica una gran presión para los chicos concursantes. El nombre del concurso se refiere al período del año durante el cual se realiza, la primavera. La primavera trae las flores y las flores atraen a las abejas («bee»); los chicos que participan en tal concurso son como laboriosas abejitas del deletreo («spelling»). De todo ello se desprende que «Bee season» constituya un concepto traducido directamente como «temporada de deletreo». Y las abejas constituyen un recurso visual del film, junto a los pájaros, mientras vuela el pensamiento de la niña del deletreo.

A pesar de contar con actores reconocidos, no alcanzó una repercusión paralela al libro, que fue best-seller. Algo se escapa e incomoda en ella. Resulta muy difícil abordar el tema de la cábala, más allá de la popularización y banalización del mismo, de hecho no abundan películas que lo enfrenten y ésta lo encara, generando ya asombro, ya incomprensión. Sobre este punto central, por encima de otros –como la trama familiar y las complejidades psicológicas, o los aspectos técnicos– nos detendremos en esta revisión, ahora que puede volver a verse esta película singular en  la plataforma de Star +.

Cuestión de palabras

Entre los diseños de la madre (Juliette Binoche) y los papeles del padre (Richard Gere), está el ya conocido «origami» con que la niña (Flora Cross) elige perder en la película. También la pérdida puede ser una obra de arte, recomposición de un mundo («tikun olam») y compenetración con lo divino.

Por su funcionalidad narrativa, «origami» se convierte en una palabra clave. El origami –arte del plegado de papel– va más allá de lo que la definición trae porque, para la creencia y tradición japonesas, el papel esconde una esencia que aflora en el plegado del mismo. Se dice que cada doblez y cada forma tienen un significado importante, de ahí la derivación en obra de arte. Para el origami sólo se permite el uso de las manos; según su filosofía, aporta calma y paciencia a la persona que lo practica, e implica destreza y precisión.

La atracción de las letras

El filme se abre con una letra flotante. Hay una letra al comienzo para marcar la ciudad, es la A, que nos ubica desde el inicio en el espacio. Saber dónde estamos (dónde están los personajes), dónde transcurrirá la acción (en Oakland –California–, ciudad de gran diversidad étnica).

En cuanto a la ciudad de Oakland, puede decirse que la niña interiormente y en proporción a su edad es firme como el roble. Buena madera y fuerte. Existe una relación entre esta fortaleza del roble del lugar en que habita (casi seguramente lugar natal) y el juramento de la etimología de su nombre natal (Eliza o Elisa, apócope de Elizabeth o Elisabeth, o sea Isabel –nombre de etimología hebrea, aunque derivado del griego, pues es la forma griega del bíblico Elisheba, que significa «juramento de Dios», por analogía con Yehosheva: «Yahvé es juramento»).

Aquella letra (objeto material, de gran peso) en la escena inicial está siendo colocada en su sitio, conformando el cartel indicador urbano, es la A, primera letra del alfabeto latino. Luego oímos la alusión al automóvil, cuya marca es Alfa-Romeo, es la alfa, primera letra del alfabeto griego. Avanzada la trama, asistimos a una visión de aleph cuando la niña Naumann extrae la letra de su propio rostro, ahí entonces surge la primera letra del alfabeto hebreo א.

Se presenta así una convergencia total de alfabetos, tradiciones, culturas, religiones, para buscar el sentido de lo trascendente y ver cómo se abren paso dentro de él la esencia y la ciencia, la inteligencia personal, la memoria y el arte.

Este aspecto se enlaza con la importancia de la luz en el mundo, que va desde lo físico hasta lo metafísico, luz divina y luz del diseño artístico. La luz es una clave de todo el filme, particularmente asociada al universo de la madre.

Por otra parte, se propone el vuelo. Volar a través de la mística, a través de la figura del pájaro y a través del origami. Hay una letra volando (casi literalmente) al pender del helicóptero en la escena de apertura, este recurso realista convive con lo que vuela por ciertos efectos especiales como expresión de la imaginación y el mundo interior de la niña.

La distancia entre lo que es y lo que se ve establece continuidades y rupturas, que abarcan desde los robos resignificados hasta el «error» voluntario del final por parte de la niña. La importancia de lo que se ve y lo que se escucha está en el centro de la propuesta del filme. Eliza quiere ver las cámaras de televisión la noche previa a la gran final del concurso. La madre, que le había apagado el televisor a la hija en una escena intermedia, durante el desenlace ve a ésta en la pantalla. Desde ya, la pantalla es otra mediación, otra metáfora.

En dicho desenlace, el quiebre se da precisamente por la diferencia de una letra, una sola y la última (no cualquier otra). Se hace pender de un hilo la decisión de la niña junto al suspenso de la acción fílmica, cuando lo que en verdad pende de un hilo –para la percepción de la protagonista– es la unidad de la familia, no de la palabra o de su capacidad para deletrearla.

Deletrear es como deconstruir, durante ese proceso los lazos parecen ir debilitándose (ya que decir destruyéndose sería un exceso, más allá de la conveniencia funcional del término en este contexto) y la niña anhela y apuesta a reconstruirlos. Lo que es preciso destacar asimismo es que esa letra final, pendiente, decisiva, es una «i» reemplazada, en falta deliberada, por una «y». Letra de un origen sustituida por la letra de otro. La «i» latina por la griega.

Cuando Eliza, en una escena previa, quiere aferrarse mejor a un vocablo y no dudar, pregunta al jurado precisamente por la procedencia del término y su definición. Son datos importantes para la configuración mental de la niña. Eliza es sensible a los orígenes, a los alfabetos antiguos y primigenios, a las resonancias de antaño (el hebreo, el griego). Su sustitución no ignora su propio historial, el de lo que acabamos de apuntar así como el registro de esa misma palabra en el ejercicio de práctica que, en la noche anterior, realiza con el padre (Saúl Naumann –recuérdese que Saúl significa el deseado, el elegido).

En esa casualidad –el hecho de que la palabra que le toca en suerte coincida con la seleccionada antes por su padre para la ejercitación– reside una clave para que el espectador no tenga ninguna duda. La palabra ya probada (aprobada) es el saber probado, el triunfo probado (degustado previamente). De ahí el asombro incalculable del padre, que va pasando lentamente de la certeza absoluta a la perplejidad en esos instantes finales, desde que escucha la palabra ya sabida y circulada entre ellos y toca la alegría del éxito, hasta el inesperado «fracaso». De eso se desprende la percepción de que ningún éxito sea seguro, ni siquiera aquel que consideramos indudable, y que, correlativamente, las «derrotas» puedan ser algo relativo, según el cristal con que se mire a través del caleidoscopio de la existencia.

Cábalas históricas y cábalas domésticas

Abraham Abulafia (1240-1291) quería popularizar el método de conocimiento místico llamado «Camino de las ideas», disciplina completada con el «Camino del Sefiroth». De sus múltiples obras proféticas, sólo se conserva el Sefer ha´Oth  (Libro de la señal). Muchos estudiosos advierten paralelismos entre sus enseñanzas y el yoga o el tantra. De este modo, cada uno de los hermanos de la película (Eliza y su hermano mayor, Aarón, interpretado por Max Minghella) estaría ingresando en caminos distintos pero paralelos. Aarón, que ha estudiado muy bien el hebreo y que, de pronto, entra a una iglesia y comulga, de la mano de su nueva amiga Chali (Kate Bosworth) termina optando por ser un Hare Krishna.

Si la mística judía solía ocultar su experiencia vivencial más que la mística de otras religiones –habilitando el anonimato y la pseudoepigrafía, como afirma la profesora Amparo Alba, de la Universidad Complutense de Madrid–, Abulafia viene a quebrar esa tendencia. Pocas obras versan sobre la experiencia personal de éxtasis y las técnicas para alcanzarla. En el sendero de Abulafia, bajo la lente de una interpretación contemporánea y norteamericana, la protagonista entrenada por su padre muestra precisamente esta dimensión tradicionalmente oculta.

Abulafia desarrolla por un lado la línea de una Cábala Profética (Kabbalah Nevu´it) o cábala extática y, por otro, la Cábala de los Nombres (Kabbalah ha-Shemot) o cábala de los Nombres Divinos. Es más cerca de este segundo tipo de cábala abuláfica que trabajan los personajes (padre e hija) del filme, pues en la recitación y combinación de las letras se puede alcanzar la experiencia de éxtasis.

Por otro lado, pareciera que en la película se mezclan distintas corrientes separadas por la historia, la de Abulafia que acabamos de señalar y la Cábala Zohárica, particularmente en su rama teúrgica (de cumplimiento de preceptos), pues completando el aspecto teórico (teosófico), este aspecto práctico se propone actuar en el mundo divino para restaurarlo, llevándolo a una situación anterior al caos y la fragmentación (es decir, al pecado adámico). En esto consiste precisamente el Tikun Olam que el matrimonio de Bee Season tematiza (ya en las clases universitarias de él, ya en los anhelos de ella y en la confesión explicativa y justificatoria de su conducta).

Asimismo, según vemos en las escenas finalmente borradas del filme, hay un intento –aunque leve– de incursión en la Gematría, en el valor numérico de las letras, pero lo que queda y prevalece de manera preeminente es el Tsiruf, método de la permutación, con el cual la niña se ejercita a sugerencia de su padre. Esa ciencia de la combinación de las letras (Hokmat ha-Tsiruf) tiene como finalidad provocar un nuevo estado de conciencia, por ello inicia a Eliza en una forma de apropiación distinta del lenguaje –que va desde el alfabeto, pasando por el deletreo, hasta las palabras– y fundamentalmente en un estado místico. Más allá de cualquier morfología lingüística y contando con ella, se incurre en una conformación del universo invisible, de una psicología, una experiencia y un salto cualitativo hacia una dimensión incognoscible para la mayoría de las personas.

La pequeña Eliza es capaz de dar el paso que su padre no puede dar, hecho que encuentra su correlación en el desenlace, donde la niña da otro paso al que él no habría llegado nunca, da un paso al costado del éxito para conquistar lo que considera su paz, el reestablecimiento de su mundo (las coordenadas del universo familiar alterado, éste es el verdadero Tikun Olam de la pequeña protagonista y, por lo tanto, del filme).

Dice Amparo Alba: «Abulafia afirma que la última transformación del intelecto humano en el intelecto activo (corriente de vida cósmica que fluye a través de todo lo creado) o incluso en Dios, tiene lugar durante la experiencia mística». La técnica de Abulafia tiene como objetivo alcanzar la unión total del Intelecto humano con el Ser Supremo (sea éste concebido ya como Dios, ya como Intellectus agens, en el sentido de los filósofos): aquí estamos en la aprofecía.

La aprofecía es la teoría de la contemplación mística de las letras del alfabeto hebreo y sus formas como constitutivas del Nombre de Dios, y éste es el objetivo particularmente judío de dicha contemplación. En síntesis, se trata de encontrar un objeto absoluto de meditación para afinar la percepción y lograr la unidad con el Ser Supremo. El Nombre divino es absoluto porque refleja la significación oculta y la totalidad de la existencia.

Los fragmentos recogidos por la madre en la película actúan como muestrario de dicha totalidad, traducida –quebradamente– como pluralidad de existencias, lo que abre un camino de indicios. En recorrido inverso, por lo tanto, a partir de esa multiplicidad se pretende reflejar la completud, la unicidad absoluta de lo divino.

Los distintos miembros de la familia persiguen, en definitiva, de maneras complementarias, un camino único. Idas y vueltas en el rastrillaje en pos de la fusión con lo divino, donde todo cabe, desde la dedicación intelectual más exquisita y la práctica musical más aplicada, pasando por la obsesión más persistente, hasta la cleptomanía o la locura.

Hay un correlato conocido y vibrante entre música y mística. Baste leer a cualquier místico de cualquier origen para sentirlo. Los sonidos de cada una de las cuerdas van siendo comparados a los de las letras en los escritos de Abulafia, de ahí que en la película tampoco sea casual que Aarón se aboque al violoncello junto al violín de Saúl. Si la nota del padre es más alta, la del hijo es más grave.

Tampoco podemos soslayar algo que no queda en absoluto subrayado en el filme pero sin embargo es un elemento presente. La madre es una católica convertida o adaptada a la religión del marido, de ahí también la importancia de su nombre: Miriam. Podría decirse que esta mujer, por otra parte científica, no interpreta suficientemente bien las enseñanzas de su compañero y del judaísmo. Escucha y lee casi literalmente algo del mandato inherente del Tikun Olam, interpreta a su forma, como puede, pero con pasión no menor, tales conceptos. Su pecado es sólo un extravío, descompuesta ella misma como los cristales que colecciona, amplifica como lo hace desde el microscopio que utiliza en su trabajo, aquello que enfoca y la fascina, aquello que ama.

Alterar la realidad mediante la renovación de las almas, quiere la mística y pretende devotamente la fuerza que guía las acciones para el Tikun Olam. En ese punto del deseo de las alteraciones sagradas, a menudo las que se alteran son las almas (sabrá Dios, entre tanto, qué pasa con la realidad).

De una sensibilidad excesiva, incluso más que la de su aplicado y lógico esposo, Miriam queda expuesta al misterio incesante de la incorporación del mundo a lo divino y de lo divino al mundo y de su propio encastre en el mundo (que incluye lo divino).

Su hija (y de otro modo también su hijo, pero nos concentramos en la protagonista) expresa además la síntesis entre la lógica del padre y esta apertura sensible de la madre; en el límite de todo exceso (de lo uno y de lo otro), ella tiene que construir a temprana edad su propio equilibrio. De distinto modo, metódicos y organizados son ambos, padre y madre. La niña lo es también. El universo familiar tiene –como el mundo mismo– su orden, su ritmo y su silencio, allí donde redoblan las palabras. El resto son los manchones de tinta, inevitables, en el complejo libro de la vida.