Aparecido en El País -29 de julio de 2004-:

Israel-Palestina: de las espadas, arados

La sentencia del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya (TIJ), órgano de Naciones Unidas, ha sido inmediatamente seguida de la resolución de la Asamblea General. Ambas sobre el muro que Israel está levantando entre él y los palestinos y que considera "de seguridad, para defenderse del terrorismo". No parece que la comunidad internacional en su conjunto sea del mismo parecer, al menos no por la forma y por dónde lo está erigiendo. Baste señalar que 14 de los 15 jueces que integran el TIJ fueron unánimes en la condena a Israel (sólo votó en contra uno, precisamente norteamericano) y que la votación en la Asamblea General fue rotunda. Ciento cincuenta Estados -incluidos los 25 de la Unión Europea- se pronunciaron contra lo que Israel, eufemísticamente, denomina "verja" de seguridad y seis votaron a favor.

Muy significativamente, estos seis fueron Israel, Estados Unidos y Australia (cuyo Gobierno ha apoyado entusiastamente a Bush en la invasión de Irak), y tres joyas de las relaciones internacionales, a saber, Islas Marshall, Micronesia y Palau.
A los lectores poco familiarizados con el Pacífico Sur, puede resultar útil la siguiente información: Marshall, 180 kilómetros cuadrados y 52.000 habitantes; Micronesia, 700 kilómetros y 108.000 seres; Palau, 460 kilómetros y 20.000 almas. Marshall y Micronesia son «independientes» desde 1986; Palau, desde 1994. Las tres tienen dos cosas en común: su moneda «nacional» es el dólar estadounidense y las tres accedieron a la independencia, «en libre asociación con los EE UU», que tiene la responsabilidad de la defensa. Una curiosidad adicional sobre Palau que revela el decidido compromiso de sus 20.000 ciudadanos con la política exterior y las instituciones onusianas: el 16-7-2002, el embajador norteamericano presentaba sus cartas credenciales al presidente Tommy Remengesau, quien le confirmó el apoyo internacional incondicional de Palau a Washington a cambio de un «buen» pacto de asociación.
La estrategia del primer ministro israelí -cuya voluntad política para facilitar la creación de un Estado palestino viable brilla por su ausencia- ha consistido en ganar tiempo y mantener una cierta ambigüedad. En relación a la llamada Hoja de Ruta (o Mapa de Rutas), que, empero, yace hoy prácticamente moribunda porque su supuesto patrocinador, el Cuarteto (en la práctica, los Estados Unidos, con algunas gotas de Unión Europea), ha consentido que Sharón diera una de cal y varias de arena. De arena movediza, donde han ido a hundirse los cadáveres humanos y políticos resultantes de las ejecuciones extrajudiciales de palestinos ordenadas por Sharón y las esperanzas de las masas palestinas. En claro contraste, numerosas nuevas colonias judías han sido asentadas en arenas bien firmes, en tierra palestina, contraviniendo los acuerdos de Oslo, la Hoja de Ruta, el sentido común y el sentido político.
De todo ello se ha derivado un considerable grado de odio y frustración. A la hora de juzgar lo que está ocurriendo estas semanas en Gaza, es importante no olvidar que a menudo se exige de los responsables palestinos comportamientos propios de la estructura, métodos y medios de un Estado que no existe, al que se atribuyen carencias, acciones y omisiones. No está teniendo lugar en un vacío, sino que es resultado de una concreta política israelí que ha liquidado la capacidad palestina para sacar adelante sus instituciones-embrión, incluidas las policiales, de las que tantas veces se reclama una acción eficaz contra el terrorismo que asesina a israelíes inocentes. Y ya que el conflicto tiene lugar en tierras bíblicas (lo que es parte del problema), señalemos que lo antedicho no excluye que Arafat esté libre de pecado, pero ni es el principal pecador ni se le facilita el arrepentimiento.
Mientras, los extremistas islámicos de Yihad y Hamás crecen y son ya, en Gaza, más fuertes que Al Fatah, el partido del rais. ¿Qué tipo de catástrofe, en la filosofía del cuanto peor, mejor, pretende Ariel Sharón? La sociedad israelí tiene que comprender que es imposible que se consoliden alternativas políticas moderadas mientras Arafat sea cotidianamente humillado por Israel, que la única manera de facilitar que los palestinos pongan en marcha el definitivo proceso de reformas, que muchos desean, pasa por que el líder y símbolo de su identidad y lucha nacionales recupere su dignidad.
Tal vez el principal mérito de la sentencia del TIJ consista en que lanza a la palestra un importante asunto jurídico-político que acaba de señalar el jurista israelí David Kretzmer, quien recuerda que durante cuatro décadas de ocupación, Israel ha vivido en una burbuja jurídica. Por un lado, el gobierno de los territorios palestinos estaba basado en la fuerza y en los poderes de un comandante militar en territorio ocupado. Por otro, las autoridades ignoraban las restricciones que impone al poder ocupante la Convención de Ginebra, en especial la prohibición de trasladar parte de la población ocupante a los territorios ocupados, así como la prohibición de confiscar propiedad privada y la obligación de mantener la propiedad pública en calidad de fideicomiso.
Justamente eso es lo que ha estado haciendo desde 1967 el poder ocupante: implantar miles de colonos judíos (hasta 400.000 hoy) en Cisjordania, Gaza y Jerusalem, y confiscar numerosísimas propiedades públicas y privadas palestinas, factores clave para hacer inviable el supuesto futuro mini-Estado palestino, hoy además reducido -como consecuencia del muro de la vergüenza- a una serie de cantones aislados y separados entre sí. Ante un panorama de esta naturaleza, ¿cuál cree la sociedad israelí que puede ser a medio y largo plazo la reacción de una sociedad palestina que crece demográficamente a pasos agigantados?
En el siglo X antes de Cristo, el gran rey Salomón, hijo del rey David, acabó contribuyendo a una de las primeras formulaciones de una paz internacional que la Biblia recoge: «Yahvé dictará sus leyes a numerosos pueblos, que de sus espadas harán rejas de arado, y de sus lanzas, hoces. No alzarán la espada gente contra gente ni se ejercitarán para la guerra» (Isaías, 2). Sé que convertir hoy esos deseos en realidades compete no sólo a los israelíes, sino también a los palestinos. Con un matiz importante: los primeros son los ocupantes; los ocupados, los segundos.