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 HISTORIA
01/06/2018
Por el sendero de Simón Radowitzky
Shimele, revolución y soledad
Por: Darío Brenman

“Sus ojos miraban de una forma cansada, no había alegría ni tristeza en ellos. Esos ojos viejos cansados y sin vidas en un niño son aterradores” (Vasili Grossman, 1941).
Así comienza la extraordinaria obra “155”, novela gráfica sobre el anarquista Simón Radowitzky realizada por Agustín Comotto.

Desde el prólogo de la obra, el sociólogo Daniel Feierstein expresa que “no es casual que Agustín haya decidido ponerse en la piel de un judío que no tuvo infancia, que participó de los prolegómenos de la revolución rusa, de las revueltas anarquistas en Buenos Aires de comienzos de siglo, que sufrió décadas de encierro en Ushuaia, la ‘cárcel del fin del mundo’… Un judío errante internacionalista, ateo, contestatario, revolucionario, que participó de casi todos los hechos importantes de la historia universal de la primera mitad del siglo XX… un ruso que no tuvo infancia y padeció la soledad…”.
Y esa soledad se vio plasmada en todo la investigación realizada por Comotto, en ese blanco y negro que tiñe las escenas de dramatismo y de la soledad de un líder anarquista que aún estando rodeado de militantes que luchaban por su liberación, sentía que le faltaba el amor de una mujer rusa que no llegó a tiempo al momento de subirse al barco que los trasladaría a la Argentina.
La historia, desde el comienzo hasta el final, es un relato de vida que le  hace Simón Radowitzky a Lyudmyla, la anarquista rusa que no solamente fue el amor de su vida sino que también fue su incentivo de vida a la hora de sobrevivir en los contextos más represivos.
La historia comienza con una imagen, que abarca toda la página, del desolado penal de Ushuaia. Un lugar perdido “en los confines del fin del mundo”, rodeado de aguas y gaviotas.
De repente aparece un guardacárcel llevando a Radowitzky hacia algún lugar donde varios uniformados le pegan con cachiporras sin motivo alguno. Luego lo envían a lo que ellos denominan “la jaula”, un lugar cerrado, frío y sin ventanas. Simón o “155” aparece golpeado, sangrando y nombrando a Lyudmyla.
Luego la historia produce un flashback, donde aparece Simón corriendo por el bosque, escapando de alguna situación conflictiva. Los cosacos llegan a la aldea donde vivía y queman y matan a todos lo que estaban alrededor de una sinagoga. En esa incursión muere Dimitri, un amigo cercano que ese día decidió no acompañar al bosque a Radowitzky y su tío Pinjas. Sin tiempo para enterrar a sus muertos, la madre le expresa que hay que salir de ese lugar e ir a la ciudad, que su padre ya no tenía trabajo. Por otro lado, lo obligan aprender a leer  y a escribir con el objetivo que pueda leer la Tora “para ser un hombre bueno”.
Radowitzky era ateo, no creía en esas cuestiones, sus fundamentos se basaban en que “si Dios existiese, no hubiese dejado morir a tantos afectos en manos de los cosacos“.
La novela vuelve otra vez a la cárcel de Ushuaia donde a “155” lo hacen salir del “agujero” donde estaba metido para llevarlo a hablar con el director Sampedro, su principal carcelero, que lo odia profundamente. En ese momento se produce un diálogo entre ellos.
Sampedro: -Mire 155, usted me está trayendo muchos problemas acá adentro. Sus amigos están haciendo una gran campaña para que lo liberen. Le pido que busque una forma de decirles que paren la mano.
155: -Usted sabe que no puedo hacer eso.
La historia vuelve a su Rusia natal, donde ya en la ciudad, un Simón sujeto a las decisiones de su padre suspende sus clases de lectura y escritura porque se necesitaba que trabaje, ya que el dinero no alcanzaba para vivir. Es por eso que se le consigue un trabajo de aprendiz de cerrajero por una suma ínfima, casa y comida. Una noche, durmiendo en la cerrajería, encuentra un libro que  abrirá su cabeza para siempre. Su autor: Piotr Alekséyevich Kropotkin
Otra noche, escucha en la cerrajería una conversación de tres adolescentes  sobre política, huelgas en fábricas y la lucha por 10 horas de trabajo, y también que a los judíos se les tenía prohibido ir a la universidad salvo que paguen una buena suma de dinero. Una de esas personas que discutía fue su gran amor, Lyudmyla, la hija del cerrajero.
Una vez que se estaba aclimatado a su trabajo, aparece nuevamente su padre, “para arruinarlo todo”, como dice Simón. En ese momento le relata que le había conseguido trabajo en una fábrica que pagaban más.
La historia, como en las películas, realiza un flash-forward (paso hacia el futuro) donde 155 se reúne con Sampedro, quien le informa que debido a la campaña que en Buenos Aires estaban haciendo por él, para mostrar buena voluntad lo iba a enviar al taller de mecánica. También se le comenta que se estaba haciendo una colecta para él.
Sampedro: -¿Qué hago con ese dinero?
155: -Déselos a los compañeros en este lugar que necesiten comida, frazadas, médico.
Luego, se da media vuelta y se va. Sampedro lo llama y le dice: “Ruso” y le pega un culatazo en la nariz. “Te voy a estar vigilando de cerca”, remata.
En Rusia, Simón comienza a trabajar en la fábrica. Inicialmente no formaba parte de ninguna organización, hasta que los mismos obreros detectan que sabía leer y escribir y le piden, a pesar de su corta edad, que en las asambleas sea interlocutor ante los estudiantes para explicarles la situación de los obreros.
Durante bastante tiempo, Simón se reunía con Lyudmyla en una plaza donde ella le prestaba libros. Era 1905, un contexto en el que Rusia iba perdiendo la guerra con Japón y el zar les echaba la culpa a los obreros y a los judíos por el fracaso de esa contienda bélica.
Ese mismo año la historia registra la primera vez que Radowitzky va a una asamblea de obreros, soldados y campesinos rusos en oposición al zarismo.
Las noticias de lo que sucedía en San Petersburgo aceleraban los acontecimientos. Se podría predecir que algo iba a estallar. Se sabía que un sacerdote llamado Gapón iba a marchar con un escrito a reclamar derechos para los obreros.
El 22 de enero fueron a la plaza en solidaridad con los compañeros de San Petesburgo. En ese momento hubo una represión indiscriminada por parte del zar. Radowitzky fue herido con un sable en un pulmón, herida interna que lo acompañará toda su vida. Un compañero lo levanta y lo lleva en secreto a la casa de un médico que era solidario con la causa de los obreros. Simón pasó varios días en ese lugar hasta su recuperación en compañía de Lyudmyla, que al enterarse del suceso no se despegó de él en toda su convalecencia.
El padre también lo fue a visitar y le pide que se corra del lugar de la militancia y que se vaya a vivir a Estados Unidos. Simón le dice que su lugar estaba en otro lado, a lo que su padre responde: “A partir de ahora debes cuidarte tu mismo”.

Las fugas
La historia continua en la cárcel con un 155 en el taller de mecánica. Alguien lo ayuda a vestirse de policía y le dice que se fugue, que ya han comprado con dinero a algunos policías. 155 huye por los bosques y en ese recorrido se encuentra con una persona de barba y gorra que lo apunta con una pistola. En ese momento se da cuenta que es 155 y le pide que lo siga. Ese encuentro evidenciaba que había un plan para rescatarlo. La otra parte del viaje fue por agua en un pequeño barco. El dinero para la fuga lo había puesto Salvadora Medina Onrubia, una militante anarquista, feminista y cónyuge del director de Crítica, Natalio Botana.
Mientras tanto, en la cárcel se dan cuenta de que 155 no estaba, que se había fugado, y Sampedro exclama: “Déjense de joder con 155, se escapó Simón Radowitzky. ¿Saben lo que eso significa? Que se nos tire todo el mundo encima. Primero los milicos, porque ese ruso debería estar muerto hace rato; y después el gobierno, porque no quiere tener en contra a los milicos; y en el medio estamos nosotros”.
El oficial Rocha le dice que no se preocupe, que lo atraparan. Sampedro le advierte: “Más le vale. No se olvide que ese sarnoso israelita mató a un argentino”.
En ese momento se avisa a las autoridades chilenas de la fuga para que colaboren.
El plan para 155 en el barco era dejarlo durante un mes con comida en un lugar donde habitaban cazadores de focas. “Cuando se acabe este quilombo volveremos a buscarte”.
En Rusia la pareja planea fugarse a la Argentina. Los Radowitzky tenían un primo acá, además de un hermano de Simón. Lyudmyla le dice que no puede irse sin despedirse de su padre. Simón le advierte que es peligroso. Lyudmyla, le expresa que lo tiene que hacer y que se encontrarían en Riga al momento que tengan que zarpar.
La prefectura chilena intercepta el buque donde iba Radowitzky, quien en ese momento ya se había escapado por tierra hacia el refugio. La nieve, el frío y la tuberculosis le produjeron falta de energía, hipotermia y desmayo. Los militares chilenos lo encuentran, le salvan la vida y lo vuelven a llevar al presidio.
Mientras, en Riga estaba todo preparado para que la pareja se fugue a la Argentina en barco. Había un sólo detalle: faltaba Lyudmyla. Los compañeros que ayudaron a Simón a escaparse le dicen que tiene que zarpar igual. El se niega y exclama que no iba a fugarse sin ella y que la iba ir a buscar.
Un compañero le expresa que han hecho mucho para sacarlo del país, Simón le contesta que no me importa y sale a buscarla, pero alguien le pega una trompada y lo desmaya para meterlo en el barco.
Ese hecho en la práctica marcó el final de la relación con Lyudmyla.
Simón no entiende por qué no se presentó a la cita en Riga. Alguien explica que la situación estaba muy difícil, que había controles policiales por todas partes, y le relata que antes de llegar a Riga pararon el tren donde iba Lyudmyla, pero tras escabullirse pudieron llegar hasta una aldea cercana. Tratar de llegar a Riga era como ir al matadero. Lyudmyla llegó a enviarle a través de un enlace la última carta que Simón recibiría en su vida: “Simón, amor, te he fallado, no llegaré a tiempo, saben los que  están conmigo lo peligroso que es llegar a Riga, aunque me hubiese dejado matar para estar contigo. Estamos escondidos juntos con dos compañeros más en una pequeña aldea. Qué rabia tengo no estar cerca de ti y no poder llegar a tiempo. Te escribo estas líneas para que sientas que estoy y estaré contigo siempre. Embarcaré cuanto antes a ese lejano país. No sufras pronto volveremos a encontrarnos. El mundo es nuestro Shimele, haremos con él lo que nos dé la gana”.
Cuando las autoridades chilenas lo llevan nuevamente al penal de Ushuaia, la represaría que sufrió fue intensa. Una y otra vez golpean duramente entre varios carceleros.
En la segunda parte del libro, Simón llega a Buenos Aires y un ruso originario de San Petesburgo le ofrece un puesto en su taller mecánico. Unos meses más tarde, un compañero de trabajo dejó una cama en un conventillo y él ocupó su sitio. Por momentos iba a la biblioteca a leer libros, algo que le hacía falta desde mucho tiempo. En ese lugar confluían muchos rusos que venían del socialismo y el anarquismo, así como socialistas del Bund.
El nombre Ramón Falcón comienza a ser familiar para Simón cuando se hace amigo de un chico que trabajaba de canillita y éste le comenta que su madre había participado junto con otras mujeres en una huelga por el precio alto de los alquileres. Esto fue apoyado por sindicato anarquista.
La policía se había puesto muy dura desde que había asumido Falcón como jefe de la policía. “Un día vinieron y nos echaron a todos. A los que no pagaban, a los que organizaron la huelga. Acabamos en la calle mojados como bagres. Los bomberos entraron con las mangueras para echarnos pero tuvimos suerte porque nos liberamos que nos envíen de nuevo a Italia. A muchos los deportaron porque ahora es diferente. Hicieron una ley para echarte”, expresa el niño.
El 1 de mayo de 1909, la FORA había convocado a una manifestación en la Plaza Lorea y los socialistas fueron a celebrar a la Plaza Constitución. Lejos de ser un festejo, Falcón reprimiría la protesta. En la  novela gráfica aparece un diálogo entre el represor y un subordinado.
Falcón: -Anarquista se nace, no tiene arreglo. Son un malón rojo, cuando quiera, Jolly, proceda.
Las escenas de cada viñeta conforman un río de sangre, con gente herida y muerte en las calles de Buenos Aires. Como si fuese la época nazi, pero 29 años antes, la policía realizó detenciones, quema de negocios de judíos y saqueos, permitidos por el gobierno. Falcón tenia vía libre para limpiar la ciudad, pronto se celebraría el centenario del país.
La narración vuelve a la cárcel, donde Sampedro manda a llamar a 155 y le expresa que desde Buenos Aires no quieren que muera, que no podía hacer lo mismo que hicieron con 452, que se dejo morir.
155: -Me han arrojado a la nieve en invierno, apaleado, lanzado agua helada en el medio de la noche, roto los dedos…
Sampedro: -No explique mi trabajo, ruso. Mañana vendrá una misión de Buenos Aires a ver el presidio y hablar con vos sobre las condiciones de detención. Portante bien conmigo.
En ese momento, 155 se dio cuenta que Sampedro era un cobarde que le tenía miedo al poder político de Buenos Aires.
El enviado del gobierno, inspector Barón Peña, se reúne con 155 para saber las condiciones de su detención y las de los demás compañeros. En ese momento, él denuncia todo lo ocurrido en los últimos años.

Vidas errantes
En Buenos Aires, Simón piensa en hacer justicia por los sucesos en la Plaza Lorea, ya no le importaba su muerte. En ese asesinato estaba la venganza por todos los muertos tanto en Rusia como en Argentina: “Mataría al cosaco”, “Mataría a Falcón”.
A partir de ahí, Simón comienza a hacer una trabajo de inteligencia, arma una bomba, la esconde y se da cuenta que “el cosaco en su soberbia negaba custodia y protección aún sabiéndose amenazado”.
Era un domingo y Falcón iba a un entierro en el cementerio de la Recoleta, donde se iba hacer presente buen parte de la oligarquía. Simón sostenía que no podía largar la bomba en ese lugar, ya que había muchos burgueses y él no se consideraba un asesino. Por eso esperó que Falcón suba a su carruaje para acercarse y tirarle una bomba dentro del vehículo. Simón sale corriendo pero estaba clara su dificultad para correr y el no haber lugar donde esconderse.
“Podemos decidir cuándo morir. Ese es el privilegio de los hombres, es lo que nos  diferencia de los animales”. Fue en ese momento donde recibe un disparo de la policía. No consiguen matarlo pero alguien dice: “Paren, paren sería demasiado fácil”.
La novela vuelve a la cárcel y el nuevo director (a Sampedro lo habían dado de baja luego del testimonio de 155) le dice a 155 que tiene una entrevista periodística. Se trataba de periodistas del diario Crítica,  quienes le comentan que traen noticias de su padre, que le había escrito al presidente Yrigoyen, pidiendo clemencia y amnistía para su causa.
Un día, en La Cantera viene un oficial y le dice que lo requieren en Dirección. En la reunión el director lo felicita porque se le ha concedido el indulto presidencia a él y otros anarquistas.
Estando libre, Radowitzky se encuentra en una plaza con su torturador Sampedro, y ahí se produce un dialogo histórico entre ellos:
Sampedro: -Libre. Ahora sos famoso y, por tu culpa, yo estoy suspendido del laburo.
Radowitzky: -No te voy a volver a ver en un millón de años Sampedro. Me libré de vos.
Sampedro: -Te salvaste, pero sabes… los tiempos cambian, yo voy a volver a laburar en el presidio dentro poco y vos la vas a volver a cagar porque está en tu naturaleza.
Radowitzky: -Nunca te tuve miedo.
Sampedro: -No vuelvas a caer preso.
En ese momento, Sampedro se va, y Radowitzky piensa: “Ya tengo 40 años, Lyudmyla, quizás tengas compañeros; hijos, no queda nada entre nosotros, pero intentaré encontrarte. Solo sos un recuerdo que me salvó la vida. Deberé aprender a vivir sin tu amor”.
Radowitzky fue desterrado a Uruguay. La novela registra que estuvo en la Guerra Civil Española. Cuando los republicanos fueron derrotados, pudo esconderse en Francia y exiliarse a México con un nombre falso. Esta vez se llamaba Raúl Gómez.
Por esas raras coincidencias que tiene la vida Simón, se encuentra en México con ese compañero que le dio un puñetazo en el barco con el que llegaría a Argentina. En ese encuentro le pregunta qué pasó con Lyudmyla. Se entera entonces que en el momento que zarpó el barco hacia Buenos Aires, Riga era un caos, el ejército zarista y la policía detenían a todo el mundo sin importar por qué. “Luego tratamos de agruparnos. Nunca vi a Lyudmyla pero sí me enteré que fue capturada y enviada a la prisión. Según compañeros que fueron liberados, la llevaron a Katorga o a Siberia. Nadie sabía nada de ella”, le detalla el anarquista ruso.
“Cuando vino la revolución, muchos deportados anarquistas volvieron a Rusia para encontrarse con otros compañeros en Kiev –prosiguió el relato el compañero de Simón-. Entre ellos vuelve a aparecer el nombre de Lyudmyla. Nosotros éramos los chicos malos de la revolución. Cuando el imperio austrohúngaro invadió Ucrania, Lyudmyla estaba en la resistencia. Al morir Lenin, poco se podía hacer con Stalin, ya que enviaban a los anarquistas a los campos de trabajo. Creo que Lyudmyla corrió la misma suerte. Es imposible que alguien haya sobrevivido al invierno de 1932”.
Simón Radowitzky murió en la ciudad de México en 1958, tenía alrededor de 65 años de edad.

 
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