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 REPORTAJES
19/01/2018
Sigal Bujman, entrevista exclusiva con Nueva Sión
Cineasta del mundo

Se define a sí misma primero como ciudadana del mundo, segundo como judía e israelí. Nacida y crecida en un kibutz de los años ‘60, decidió dedicarse al cine con la esperanza de alguna vez poder conocer el mundo y mostrar la riqueza cultural y la diversidad de realidades e historias con la cuales se encontraría. Visitó Buenos Aires en oportunidad de realizarse el Festival Internacional de Cine Judío en Argentina, donde presentó con mucho éxito el primer documental de su autoría, titulado Vitch.
Por Enrique M. Grinberg

-¿Existe para vos un género que podríamos llamar cine judío?
-Creo que el cine judío muchas veces aborda temáticas como ser la Shoá o el conflicto israelo-palestino y hay pocos cineastas que salen de estos tópicos, por lo menos es eso lo que pasó durante muchos años. En Israel todavía se producen películas que tratan temas vinculados a las guerras, la Guerra del Líbano por ejemplo, como que no se puede salir de eso. Aparecen, aquí, allí, historias urbanas. Pero como que no se puede salir de la Shoá y del conflicto.

-Tu documental Vitch se puede incluir en esta definición de cine judío.
-Es una muy buena pregunta porque no sé, no estoy segura. Por un lado sí, es totalmente un tema judío. Pero por otro lado, mucha gente me ha dicho que es un tema general. Es un tema del ser humano, que podría ser en otro lugar. Podría haber sido aquí en Argentina en la dictadura de los setenta o con Stalin en la Unión Soviética.

-Una vez escuché decir a un gran comentarista de cine que hablar de cine es hablar de judaísmo, ya que el cine es un invento judío, comenzando por Hollywood.
-Estoy totalmente de acuerdo. En el caso de mi documental, trata de un judío llamado Eddie Vitch que es el judío errante, que está siempre buscando su lugar. Está buscando pertenencia. Esa búsqueda errante es algo que atraviesa mucha gente hoy, son los actuales refugiados, se pueden identificar. Lo que pasa en Estados Unidos con los hispanos, “los soñadores”, es una historia bastante equivalente. Cada inmigrante puede tener ese vínculo con Eddie Vitch, quien lo hizo seis veces en su vida. Siempre yendo de un lugar a otro sin encontrar su lugar. Siempre lo quieren echar, lo persiguen, o por la guerra, porque lo desterraron o porque quería procurar una vida mejor. Para mí esto es algo típico judío desde los sefaradíes.
Acerca de lo que me preguntaste antes del género judío, ya no se trata de reflejar una travesía, porque es definitivo que estamos en Israel y que sabemos que pasamos la Shoá. Es por eso que no creo que existan muchas películas de aquel judío errante que va buscando y tratando de pertenecer. En Israel, el cine ya tiene lugar, como los judíos y los israelíes tienen lugar.

-Si tuvieras que definir tu identidad actual, cómo lo harías: ¿israelí fuera de Israel o judía en la diáspora?
-Me definiría como una ciudadana del mundo, como Eddie Vitch. Porque no quiero pertenecer a ningún lugar, pero también me identifico como judía. Siento el judaísmo como de esa persona que va de un lugar a otro, no necesariamente quiere pertenecer a un lugar.

-Puedo inferir entonces que el documental en cierto lugar también cuenta tu propia historia, tu propia búsqueda…
-Así es, la búsqueda de lugares. Pero yo no quiero necesariamente pertenecer, y él creo que tampoco quería, pero iba de un lugar al otro por necesidad, porque lo expulsaban o quería irse.

-¿Qué diferencia encontrás entre ser judía en Israel  y en la diáspora?
-Los israelíes no se identifican como judíos, se identifican como israelíes. Algunos de los palestinos también son israelíes pero son árabes-israelíes. Pero los judíos no dicen soy judío-israelí, toman como un hecho la identidad israelí. No tienen que decir que son judíos los israelíes. Yo soy israelí porque nací y crecí en Israel, pero no me siento que me define completamente. Cuando estaba en la escuela secundaria en el kibutz, un día nos ponen en un cuarto donde había en cada rincón un cartel con consignas acerca de la identidad. En un rincón decía “soy kibutznik (miembro del kibutz)”, otro rincón decía “soy ciudadano del mundo, cosmopolita”, otro decía “soy israelí” y el último “soy judío”. La mayoría de la gente se ubicó en el rincón del “soy israelí”, y yo y dos chicos más nos ubicamos bajo el cartel que decía “ciudadano del mundo, cosmopolita”, solo tres de nosotros. Uno de estos chicos vive fuera de Israel al igual que yo y el otro está en Israel. Pero todos los demás siguen en el rincón de los “israelíes”, como que no tenían duda de que son israelíes.

-También a veces te marca la identidad el afuera. Sobre todo al sentirse amenazados como en el caso de los israelíes, la respuesta más fácil es decir “soy israelí”, es una definición que aglutina a la sociedad. El otro caso es la discriminación como judíos, en ambos casos el tema es si se aceptan o no las presiones por etiquetarte del afuera. En tu caso es más amplio aún cuando decís quiero ser ciudadana del mundo, sos israelí y judía y salís al mundo.
-Con eso es con lo que me identifico. Quizás es por la influencia que tuve viviendo aquí, en la Argentina en los años ‘70. Se me abrieron los ojos. Me encanta el mundo, no quiero pertenecer a un lugar. También mi trabajo como realizadora cinematográfica me permitió viajar por el mundo. Hice treinta episodios de cultura acerca de festivales para el canal Discovery. Siempre viendo cosas nuevas, es interesante el mundo.

-Naciste en un kibutz en Israel y a lo mejor conocerás alguna filmografía que aborda de una manera crítica la vida y sociedad kibutziana, como ser Adama Meshugaat, Medurat HaShevet y quizás una más cómica como Miftza Safta. ¿Qué pensás de estas películas y de tu propia experiencia en el kibutz?
-La única de esas que me pude identificar y me morí de la risa es Miftza Safta. Amo tanto esa película que no dejo de verla. En particular no refleja mi experiencia en el kibutz. Aún no hay una película que refleje mi propia experiencia en el kibutz, como nacimos, como crecimos, en los años ‘60 y ‘70. Tampoco hay libros al respecto. Nosotros crecimos en un Beit Ieladim (Casa de niños) y creo que no hay una reflexión acerca de esos años.

-Bueno, en Adama Meshugaat sí se muestra un poco ese mundo del Beit Ieladim … 
-¡No, no creo! No creo en ese mundo que se muestra allí, es un mundo falso para mí. Quizás sea la experiencia del director pero no la mía.

-Para vos no fue un kibutz opresivo e invasivo como muestra esa película…
-No solamente eso, si ves el carácter de la mamá, el que la provoca, todo es como muy extremo, no me creí ese mundo que se muestra allí. Sabés que cuando te gusta una película, creés en ese mundo, en ese mundo que el director te muestra. Yo lo vi desde afuera, no me metí adentro, porque no fue esa mi experiencia en el kibutz.

-¿Y por qué creés que no hay una película o un libro que cuente acerca de tu visión o vivencia sobre el kibutz?
-Creo que hay un trauma de mucha gente que creció como yo crecí y tal vez necesitan pasar una años más para poder comenzar a narrar.

-¿Qué película  o directores marcaron tu carrera profesional?
-“El conformista”, de Bertolucci, me gustó tanto, tanto, cuando la vi por primera vez en el kibutz. Porque es esa persona que va desde fascista a comunista, que cambia, y Vitch, mi protagonista, es más o menos así, que cambia como un camaleón. El Bertolucci de los ’70 es el que me encantó.

-¿Si hablamos de películas acerca de la Shoá?
-Una película que me influyó también cuando era muy joven fue “El portero de la noche” con Charlotte Rampling, pero no puedo pensar en una. Hay muchas, no es que no hay, pero no me vienen a la mente ahora.

-¿Crees que el tema de la Shoá es un tema importante para la sociedad israelí, para el israelí promedio, para los jóvenes?
-Sí lo es, pero hay que buscar nuevas narrativas. Por ejemplo Avi Nesher trató de buscar nuevas narrativas en donde las hijas están descubriendo algo de su padre. Está película es muy nueva. También Ha Dirá (El apartamento), que es un documental, creo que también logra una nueva narrativa. Estudié cine en Israel, y nos mostraron muchos documentales acerca de la Shoá y de creadores israelíes; ver otras historias de sobrevivientes y otras historias es difícil, pero es muy importante. Ahora la gente está lista para poder acercarse a otra narrativa.

-Otra manera de contar la Shoá como en su momento lo hizo Lanzamann.
-Así es, distinta y muy necesaria en aquellos momentos. Pero esos fueron los ‘80, ahora estamos en la segunda y tercera generación y es tiempo de estar listos para recibir otra manera de relato.

-Ahora vamos a tu obra: ¿Qué diferencias sentís que hay entre hacer ficción y hacer documental?
-Hay muchísima diferencia. Por ejemplo, esta obra Vitch la quiero hacer ficción: quiero friccionarla y ponerla en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, entonces estoy pensando el actor que hace la vida cotidiana en Berlín por ejemplo. Actuando en el gran teatro de Berlín, que se llama Scala, frente a los nazis, puede ser enfrente de la Wehrmacht, de la Gestapo, y cómo muestro en su cara con las luces y con el ambiente qué pasa con él. Cómo muestro que tiemblan sus manos, que sudan y cómo lo trata de ocultar. Todas estas cosas no las puedo hacer en un documental. Es muy difícil mostrar emociones, existen otras maneras, pero al tener un actor o actores, es una puesta por medio de la cual podes mostrar diversos matices y quiero hacerlo.

-¿Creés que para producir un documental hay que tener cierta madurez y trayectoria previa de producción?
-No necesariamente. Quien me pidió realizar el documental fue la sobrina de Eddie Vitch. Ella no sabía nada o muy poco de su tío y me pidió a mí que investigue. De repente vi que había una gran historia. Hay una cosa nada más que yo creo que hay que tener, y no importa si es tu primera película o la décima o número cien, hay que estar listo para investigar. Hay que estar preparado para decir: “yo no sé nada, voy a investigar”. Sin eso y sin tu curiosidad no va a salir algo bueno y eso depende del documentalista.

-¿Cuándo pensaste en Vitch tenías claras las líneas de investigación y argumentales?
-Sí, tenía claro que tengo que saber lo máximo posible acudiendo a historiadores, escritores, periodistas, cuál es la teoría de ellos acerca de cómo él sobrevivió en la Segunda Guerra Mundial. Esta fue la base. Esa fue la pregunta rectora. No pude hacer esta pregunta sin juntar papeles, sin juntar documentos, sin saber la historia. Antes no me pude acercar a un historiador. Pero esa fue la pregunta principal que me guió en todo el armado de la película.

-¿Cuándo avanzabas en la investigación pensaste que llegarías a develar lo que para vos era la incógnita, lo que para vos era un misterio?
-Fue misterio desde el principio hasta el final. Cuando supe más, supe menos.

-¿Qué pensás vos y que pensás que piensa el público frente a un final abierto?
-Creo que es muy difícil para Estados Unidos, creo que los productores van a pensar que no es comercial y necesitan un final. Pero hasta ahora donde presenté la película en festivales en los Estados Unidos, Australia y aquí, la gente acepta eso, como que los hizo pensar. Lo que yo vi es que inmediatamente quieren hablar. Mucha gente quiere inmediatamente hablar porque quedó abierto. Entonces, ¿qué pasa cuando algo queda abierto? Tenés una necesidad de reflexionar o cerrarlo y eso es lo que produce.

-¿Tenes algún próximo proyecto en mente?
-Quiero hacer la ficción de Vitch, como te conté, e inmediatamente después quiero hacer la historia de mi familia en los años de la dictadura aquí en la Argentina. Mi papá ayudó a mucha gente a escapar a Uruguay y entre ellos a parientes nuestros. Hay gente de mi familia que no logró salvar y hay historias muy emocionantes y muy dramáticas en mi familia. Quiero contar esta historia de manera ficcional con actores, ya que existen documentales sobre la época, pero quiero poner el punto de vista y la historia judía en los años ’70.

 
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Comentario

 
24/01/2018 / pablo lerner
muy buen reportaje




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