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 REPORTAJES
10/01/2018
Jay Winter, historiador de la Universidad de Yale
La singular historia de los judíos deportados como nazis a Australia

En julio de este año, el historiador estadounidense Jay Winter publicará Dunera Lives. A Visual History (Vidas en el Dunera. Una Historia Visual), un revelador libro escrito junto con Ken Inglis, Seamus Spark y Carol Bunyan, que trata sobre un capítulo no demasiado conocido de la Segunda Guerra Mundial: la experiencia de 2.000 hombres judíos procedentes de Alemania, Austria y Checoslovaquia que, luego de haber escapado de la persecución nazi y conseguido refugio en Gran Bretaña, en septiembre de 1939 fueron clasificados como ‘extranjeros enemigos’ sobre la base de su nacionalidad.
Sospechados de ser potenciales agentes nazis, sin derechos y sin nación, y perseguidos tanto por Hitler como por Churchill, fueron internados y prontamente deportados forzosamente a Australia, junto con prisioneros alemanes e italianos, algunos de los cuales tenían simpatías nazis y fascistas, en un viaje en que el que sufrieron una verdadera odisea. A partir de allí, siguieron muchas historias para contar.
Desde Estados Unidos, Jay Winter accedió a una entrevista exclusiva con nuestra colaboradora Inés Dunstan, que presentamos aquí.
Por Inés Dunstan *

Si hemos de pensar en un historiador comprometido, Jay Winter es un claro ejemplo. Este norteamericano descendiente de sobrevivientes del Holocausto y profesor de Yale, fue el coautor y coproductor de la influyente serie de PBS/BBC ‘The Great War and the Shaping of the 20th Century’ ganadora de un Emmy en 1997. Autor y coautor de más de una docena de libros, y experto internacional de la Primera Guerra Mundial, Winter considera a la historia como a una rama de la filosofía moral.
Winter tiene interés en la historia argentina; para él, la historia de los desaparecidos durante la dictadura comienza en 1914. En la Primera Guerra Mundial, de los diez millones de hombres que murieron en combate, la mitad no tiene tumbas conocidas. En palabras de Winter, ‘simplemente, desaparecieron’. El único rastro de estos hombres son sus nombres. Luego de la Primera Guerra Mundial, llegó la búsqueda de los sobrevivientes de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. El Holocausto añadió millones a esos ejércitos de desaparecidos en tiempos de guerra. Hacia la década del ‘70, las condiciones estaban dadas a nivel político para otro capítulo en la historia de los desaparecidos, esta vez, compuesto por gente que desaparecía, o, en una nueva forma gramatical de criminalidad estatal ‘eran desaparecidos’ en sus propios países, en guerras conducidas por gobiernos nacionales en contra de su propia gente. Según Winter, la más icónica de estas guerras salvajes fue la conducida en Argentina. Winter señala que aquellos que denunciaban las desapariciones utilizaban el lenguaje del Holocausto para describir el destino de sus seres queridos, mujeres y hombres cuyos destinos estaban envueltos en una conspiración de silencio.
Según cuenta Winter, durante el viaje en el barco Dunera, los Dunera Boys, muchos de ellos intelectuales, artistas, y reconocidos académicos, soportaron condiciones atroces y fueron tratados con enorme crueldad por los oficiales y guardias británicos: el hecho de que el 80% de los 2.500 pasajeros a bordo del Dunera fueran judíos no implicaba nada. Luego de su arribo en Australia en septiembre de 1940, estos niños y hombres (sus edades iban desde los 16 a los 65 años) fueron nuevamente internados en campos de detención en los cuales llevaron adelante una riquísima vida cultural e intelectual. Ya en los albores de 1941, Churchill reconoció el error en su decisión, tomada en un contexto de pánico al comienzo de la guerra, y no sólo hubo un reconocimiento oficial de la injusticia sufrida, sino que también los oficiales del Dunera fueron sometidos a un consejo de guerra y dados de alta. Muchos de los Dunera Boys optaron por quedarse en Australia y varios se unieron a sus fuerzas armadas para luchar contra Hitler. Otros muchos terminaron incorporándose al mundo académico australiano; su contribución a la vida intelectual australiana fue tal que varios historiadores han descrito su llegada a ese país como una de las más importantes inyecciones de talento humano artístico y académico a bordo de un único barco.

Nueva Sión: -¿Por qué eligió participar en este proyecto?
Jay Winter: -Me involucré en este proyecto a través de una larga amistad con un gran historiador australiano, Ken Inglis. Cuando él se puso demasiado enfermo para terminar el proyecto sobre las vidas de aquellos hombres que habían sido detenidos en Inglaterra y enviados a Australia en 1940, decidimos que yo sería el coautor del libro y que lo terminaría con él.
NS: ¿Cree que el tratamiento de estos hombres judíos revela una actitud más amplia para con los judíos de parte del gobierno británico del momento?
JW: -No. Uno de los descubrimientos centrales del libro es que aunque el 80% de aquellos que fueron internados y deportados en el Dunera a Australia eran judíos, la historia de sus vidas no es una historia específicamente judía. Fueron internados porque eran alemanes, austríacos, checoslovacos, polacos, y debido a eso, parte del Tercer Reich. La estupidez de Churchill y de los jefes de Estado Mayor conjunto fue verlos como muchos ven a los refugiados sirios hoy en día: como parte de un océano de espías y terroristas. Eso fue absurdo, como el propio Churchill llegó a admitir.
NS: -¿Qué historia de vida le llamó más la atención, y por qué?
JW: -La que más me llamó la atención fue la vida de Ludwig Hirschfeld-Mach, uno de los fundadores de Bauhaus, y un artista notable. Después de su detención en Australia, enseñó en la escuela secundaria Geelong Grammar School y junto con sus estudiantes, pintó un friso en 12 partes sobre la vida de Cristo que está todavía en las paredes del segundo piso del departamento de arte de esa escuela. Era un cuáquero, cuyos ancestros judíos lo condenaron a escapar de la Alemania nazi. Su trabajo artístico tanto durante como después de su detención es impresionante.
NS: -De acuerdo con todos los testimonios, el viaje en el Dunera fue espantoso. ¿Hubo mucho contacto entre los hombres judíos y los alemanes e italianos no judíos a bordo?
JW: -En las condiciones intensamente superpobladas del Dunera, el contacto entre los diferentes grupos de detenidos era limitado. Todos fueron tratados en forma abominable, y encontraron modos de formar pequeños grupos sociales de gente con intereses similares para atravesar las privaciones y el hedor del confinamiento.
NS: -En su opinión, ¿cuál es la contribución de la experiencia del Dunera a la historia internacional de los derechos humanos? ¿Podemos establecer paralelos entre la experiencia en el Dunera y la experiencia contemporánea de los refugiados en Australia y en Europa?
JW: -Hay muchos paralelos con la crisis de refugiados contemporánea. La primera es que tanto en 1940 como hoy, existe un gran grupo de gente que sólo tiene una ‘vida mínima’, como dice el filósofo italiano Giorgio Agamben. No tienen derechos humanos de ningún tipo. Quedan entre las categorías de prisioneros de guerra, refugiados, solicitantes de asilo y demás. La lección esencial es que nuestros instrumentos de derechos humanos deben ser inclusivos en vez de exclusivos, y que deben expandirse para hacerle frente a los desarrollos no anticipados que confrontamos. En 1940 no había una Declaración Universal de Derechos Humanos, y aunque tal documento hubiese existido, Churchill lo habría pisoteado en un momento en el que creía, con razón, que la supervivencia de su país estaba en riesgo. Nansen ideó el concepto de pasaportes independientes (documentos de viaje y de identidad para los refugiados sin Estado) para aquellos que fueron privados de pasaportes en la Rusia soviética en la década del ‘20; esa idea podría haber rescatado a la población del Dunera de su destino, y les hubiera dado el derecho de ir tal vez a Argentina o México. El tema central es que el lenguaje de los derechos humanos tiene que ponerse a la altura de los abusos de derechos humanos, o corre el riesgo de transformarse en frases sin valor. Los refugiados necesitan documentos; un pasaporte de las Naciones Unidas les permitiría hoy en día buscar la protección que los pasaportes Nansen les daban a aquellos que escapaban de la naciente Unión Soviética en la década del ‘20.
NS: -Usted habla de la formación de una comunidad creativa tanto durante el viaje a Australia como en los campos de detención habitados por estos hombres. ¿Podría contarnos un poco más sobre esto?
JW: -La ingenuidad de estos detenidos era extraordinaria. En el calor y las condiciones opresivas del Dunera, tres de ellos crearon una constitución que les permitía estar a cargo de sus propias vidas bajo cualquier tipo de condiciones que confrontaran. Utilizaron este documento en Hay y Tatura (los campos de detención en Australia) para crear lo que uno de los detenidos llamó “pequeñas repúblicas” con una amplia gama de asociaciones para todos los gustos, desde la educación académica hasta la música clásica; desde Vaudeville al fútbol. Era como si encarnaran el principio evocado en los cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci respecto de que cuánto más difíciles las condiciones físicas en la vida, más amplios se convierten los horizontes de la mente.

* Doctora en Historia, investigadora y profesora. Reside en Australia.

Dunera Lives. A Visual History se publica en Australia en Julio del 2018. Se podrá conseguir en línea a partir de ese momento.

 
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Comentario

 
12/01/2018 / Pablo Mestrovic
Hay una historia de un militante del Bund, recién salido de un campo de concentración, que estuvo varios años retenido en un campo de detención británico en Alemania, frecuentemente en compañía de ex miembros de la SS. Originalmente lo detuvieron bajo la sospecha de que era sionista e intentaba emigrar ilegalmente a Palestina. Cuando logró explicarle que no era sionista empezaron que era un militante comunista o incluso un agente de la NKVD, después llegaron a creer que era troskista, pero los funcionarios británicos nunca terminaban de entender qué era el Bund. Una historia digna de Kafka


12/01/2018 / Pablo Mestrovic
Hay una historia de un militante del Bund, recién salido de un campo de concentración, que estuvo varios años retenido en un campo de detención británico en Alemania, frecuentemente en compañía de ex miembros de la SS. Originalmente lo detuvieron bajo la sospecha de que era sionista e intentaba emigrar ilegalmente a Palestina. Cuando logró explicarle que no era sionista empezaron que era un militante comunista o incluso un agente de la NKVD, después llegaron a creer que era troskista, pero los funcionarios británicos nunca terminaban de entender qué era el Bund. Una historia digna de Kafka


11/01/2018 / Kurt Brainin
La estupidez humana no tiene límites. Esto me recuerda a lo que le sucedió a Albert Schweitzer al estallar la primera guerra mundial. Había nacido en Alsacia, territorio que los alemanes se habían quedado en la guerra de 1870. Pero los franceses, que la reivindicaban como propia, lo consideraron alemán de todos modos y, como estaba en una colonia francesa, el Gabon, lo internaron en un campo de extranjeros enemigos.




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