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 HISTORIA
10/01/2018
A cien años de la Revolución Rusa
Asómbrate conmigo: las nuevas tablas de la Revolución bolshevik

¡Ah, sí, los bolcheviques! Claro es que tampoco ahora estoy completamente de acuerdo con ellos, con su fanatismo pacifista. Pero después de todo, no es culpa suya. Están cogidos en una situación forzosa, en que no pueden optar más que entre dos caminos, y se deciden por el más corto. Son otros los responsables de que el diablo vaya a ser el único que salga beneficiado con la Revolución rusa…
 Rosa Luxemburgo, carta a Luisa Kautsky,
Penitenciaría de Breslau, 19 de diciembre de 1917


Por María Gabriela Mizraje *

Filosofía, estadismo y judaísmo están en la génesis misma del pensamiento político que, en tiempos modernos, cambió el curso de la humanidad drásticamente. En verdad, la revolución empieza mucho antes de 1917, en la fuerza del pensamiento de Karl Marx durante el más romántico de los siglos, el XIX.
Y ese sentido de la revuelta (término usado ya por el generoso Príncipe Kropotkin en 1892), la revuelta dentro de la mente brillante de un judío, que acaba desencadenando la revuelta social, es lo que a cien años de aquel episodio que llegó a transformar la historia del mundo para siempre, aquí nos convoca.
A. Gramsci advierte con claridad el espíritu vivificante del pensamiento de Marx en el de los bolcheviques y explica hasta qué punto “No son marxistas [sino que] viven el pensamiento marxista”.
Muchos de los principales hombres que, fundando, promoviendo e instituyendo, encarnan aquella línea de fuerza (línea de conciencia primero y luego línea de acción) son judíos o están entroncados con el judaísmo. De modo que preguntarse por la relación entre izquierda y judaísmo, o entre revolución rusa y judaísmo es retornar al origen de un sistema de pensamiento que arrastra desde las ideas más esclarecedoras hasta las acciones más tenebrosas.
Así como las mayores utopías del Renacimiento contaron con la firma de hombres profundamente cristianos, estas utopías del siglo XX llevan la rúbrica inteligible de hombres judíos que quieren incidir en los destinos de la humanidad en su conjunto. Si el humanismo renacentista no dejaba de levantar la vista a los cielos, el humanismo socialista mira sobre todo la materia. Son otros tiempos, corren otras urgencias y el universalismo opera como antecedente del internacionalismo.
Aunque condición de muchos, socialismo y judaísmo, en términos comparativos, constituyen minorías. Cada uno ha sido motivo de estigma; los dos juntos, por doble disrupción, fueron causa de ensañamiento o persecuciones. Podemos seguir extensamente las convergencias y puntos de fuga entre ambos, desde el incómodo texto de Marx, La cuestión judía de 1843.
Todo cabe, desde la capacidad o incapacidad de las concepciones marxistas para pensar y posicionarse frente a “la cuestión judía”, pasando por la mirada de sospecha y rechazo que gran parte del judaísmo ha venido sosteniendo sobre la cuestión marxista, hasta alianzas respetuosas y productivas, e incluso algunos mitos.
“Cuando uno encuentra a un ruso inteligente casi siempre es judío o tiene sangre judía en las venas” le habría dicho Lenin al famoso escritor Maksim Gorki.
Nombres como el suyo, Stalin, Trotsky, Kautsky, Luxemburgo, Vladimir Medev o, por otro lado, Otto Bauer, Paul Levi, Eduard Bernstein… conforman una lista impactante, pero más allá del entrecruzamiento que este dossier propone, es imprescindible tener cuidado con ciertos conceptos que pueden resultar resbaladizos. Las cuentas sobre los porcentajes (de la sangre -ya la probada, ya la discutida- de los líderes y conductores, en este caso, o de los participantes de los fenómenos históricos en general) sacadas tanto por la bibliografía judía y filosemita como por la antijudía y antisemita son peligrosas, ya que la influencia en términos culturales es una cosa y otra el esencialismo genético. Más temprano que tarde, estas miradas conllevan argumentos racistas de distintos signos.

Cuerpos y almas contra el desencanto
En la década de 1920, en Alemania, Dietrich Eckart fue el apropiador inescrupuloso del sintagma “Jüdischer Bolschewismus” (“judío bolchevique”) que andaba circulando como flecha, y bajo su amparo se apuntalaron nefastas ideas del nacional-socialismo. Los enemigos del comunismo señalaban otra forma de Internacional, pues afirmaban que la Revolución de Octubre había sido dirigida y financiada por el “judaísmo internacional”, buscando destruir la única civilización de valía (cristiana y aria). Así el “bolchevismo judío” se constituyó en eslogan nazi y un panfleto de entonces, escrito por Eckart, lo atestigua con milenaria denuncia: “El bolchevismo desde Moisés hasta Lenin”.
Fritz Gerlich, convertido en su enemigo intelectual, aunque fundador de la Liga Antibolchevique, en su libro Der Kommunismus als Lehre vom Tausendjährigen Reich, publicado en Munich en 1920, había discutido el amplio arco de bolchevismo, comunismo, socialismo místico y marxismo. Respondiendo a “la campaña de difamación contra nuestros conciudadanos judíos [que] amenaza con convertirse en un peligro público”, sale a la defensa concluyendo que el judaísmo creyente es enemigo del bolchevismo y los judíos que tienen un rol en los movimientos internacionalistas “en su mayor parte ya no son judíos”.
Ya W. Churchill había apuntado algo parecido en aquel mismo año cuando se refería a “estos judíos internacionales y, en su mayoría, ateísta” y expresaba su impacto ante la situación de los rusos diciendo: “En las instituciones soviéticas, el predominio de los judíos es aún más asombroso”. El Secretario de Estado para la Guerra y la Aviación de Gran Bretaña realiza estas afirmaciones en un tremendo artículo titulado “El sionismo frente al bolchevismo: una lucha por el alma del pueblo judío”(8/2/1920).
En la contracara de este horroroso abordaje, hay una extensa tradición crítica que une redención mesiánica con utopía revolucionaria y Walter Benjamin es acaso el más entrañable y luminoso de todos sus exponentes. Él encarna el materialismo metafísico y mesiánico y lo lleva hasta las últimas consecuencias. Definía su propio rostro bifronte, recuperar la espiritualidad judía y apostar a la transformación de la sociedad de acuerdo con el modelo marxista. Así fue en busca de la “redención” (Erlösung), como defensor del sionismo cultural y no del geopolítico. Restauraciones y utopías aquí y allá.
Rusia produce el pasaje de su bella literatura moral del siglo XIX a la propaganda izquierdista. Con el siglo XX las estilizaciones edificantes van quedando atrás, son el viejo realismo. Para el credo del Estado bolchevique, la revolución plantea el desafío de construir la superestructura en los dominios del arte, y la literatura tiene que alcanzarlo. Ahora le esperan nuevas expresiones, con noveles voces o las mismas voces de antaño que deben dar un giro para ponerse a la altura de las circunstancias.
Entre el derrumbamiento de la época de los zares y el estallido socialista, leemos a Isaak Babel, Mijail Bulgakov, Andrei Biely, Eugueni Zamiatin, los transicionales entusiasmados que abren la renovación estética. Zamiatin, bolchevique fervoroso que más tarde tiene problemas con el régimen stalinista y logra exiliarse, construye un Nosotros en su novela futurista de 1920 que es único. El agudo Trotsky critica ese tipo de futurismo pero la obra anticipatoria de Zamiatin aún conserva una vigenciaque desafía. Él había sabido afirmar “Necesitamos escritores que no teman nada”.
Hay una literatura intensa en hojas clandestinas, que los años nos han devuelto, las que quedaron atrapadas tras los muros de las censuras o la autoimposición silente. Entre esas páginas, las de Marina Tszvetáieva se llenan de preguntas y exclamaciones del tenor de “¡Reza Moscú, yace Moscú, para el sueño eterno preparada!” y “¿Dónde están tus hijos, Moscú? –Muertos” o “¡Asombrate conmigo, profeta Moisés!”
Es un Mar Rojo lo que está en juego, un inmenso Mar Rojo de alumbramientos colosales, de confianza en milagros, de resistencia humana, de oleadas gigantescas y muertes en el transcurso, de decisiones, de coraje, de violencia; un momento fundamental de la historia del mundo que no puede soslayarse, para tomar de su espejo lo mejor y para evitar, por siempre, la repetición de lo siniestro que salió a abrirse camino en medio del valioso ideal de aquella gesta de liberaciones imprescindibles.

* Crítica literaria, filóloga y escritora. Investigadora de la UNTREF.

 
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