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 INTERNACIONALES
11/04/2017
Relaciones de Israel con Estados Unidos
Donald Trump y Benjamín Netanyahu

Más allá de la simpatía… Entre la retórica electoral y la realidad estratégico política.
Por Mario Sznajder *

La presidencia de Donald Trump parece sorprender día a día a los expertos, ya que el presidente mismo es visto como un personaje imprevisible. Esto también es válido con respecto al tema de Israel y Medio Oriente en general. Basta recordar las promesas electorales de Trump con respecto a Israel, y la más llamativa entre éstas, el traslado de la Embajada norteamericana a Jerusalén, que fue rápidamente descartada al asumir el presidente electo.
Trump comparte con Netanyahu habilidades retóricas, las que en su uso político son inmediatas y no prefiguran ningún tipo de visión estratégica. Pese a la personalidad y aparente dominancia de Trump, las estrategias de EE.UU. -también con respecto a Israel– siguen en manos del establishment político y militar norteamericano, es decir el Departamento de Estado, el Pentágono y el Consejo de Seguridad Nacional (NSC), poblados por tecnócratas muy especializados en los temas que tratan (sean civiles o militares) y difícilmente reemplazables.
Por otro lado, el sistema de controles y balances que caracteriza a la Constitución y estructura política de los EE.UU. es un serio freno a las veleidades personalistas de Trump y ya se ha manifestado al frenar dos veces las órdenes presidenciales que pretendían impedir la llegada a EE.UU. de ciudadanos de una media docena de países musulmanes.
Benjamín Netanyahu, buen conocedor de EE.UU. y sus mecanismos de poder, tuvo en cuenta -a diferencia de la mayoría de los políticos de la derecha israelí- la diferencia entre las declaraciones retóricas electorales de Trump y su práctica política. Netanyahu entiende que las relaciones de Israel con EE.UU. no se  basan en la simpatía personal que existe entre el primer ministro israelí y el presidente norteamericano, sino que éste es un factor circunstancial que puede acercar o alejar pero subsidiario a los intereses y estrategias reales de ambos países.
La parte retórica de Netanyahu lo llevó a usar la simpatía entre él y Trump para fines políticos internos (y retóricos) en los que la masa votante se "informa" a través de cortos segundos de imágenes televisas que muestran el buen vínculo entre ambos líderes pero no dejan ver las corrientes profundas de estrategias e intereses nacionales, amén de culturas políticas diversas que diseñan las políticas a mediano y largo plazo entre Israel y EE.UU.

La ilusión de la derecha mesiánica
Fue patético ver las reacciones de la derecha israelí -y especialmente la religiosa- del Hogar Judío, Bloque de Creyentes y otros que vieron en la victoria electoral de Trump otras campanadas que anunciaban la redención de la Tierra Prometida (Judea y Samaria, o sea Cisjordania) y el reconocimiento de la soberanía israelí sobre toda Jerusalén. No supieron realizar la distinción antes mencionada entre retórica electoral y realidad estratégico política, y de aquí que con el correr de las semanas, Trump los vaya desilusionando día a día, aunque bien quisieran aferrarse a las promesas electorales y a la agresividad antiislámica que Trump tantas veces expresó.
Una excepción en la derecha fue Lieberman, quien desde el primer momento comprendió mejor la relación entre Trump y el establishment gubernamental de EE.UU. Lieberman como ministro de seguridad y Netanyahu como primer ministro impulsaron, en septiembre de 2016, la firma del acuerdo de asistencia militar de EE.UU. a Israel por 38 mil millones de dólares durante los próximos diez años. La decisión de adelantarse a las elecciones en EE.UU. seguía la férrea lógica explicada arriba, pese a los malentendidos entre Netanyahu y Obama.
Netanyahu confronta problemas distintos que Trump, ya que la lógica política israelí es diferente a la de EE.UU. Encerrado en una coalición de gobierno en la cual su supervivencia como primer ministro, y política en general, depende tanto de Avigdor Lieberman como de Naftali Bennett, y apremiado por una variedad de acusaciones y escándalos, Netanyahu combina su capacidad retórica con sus habilidades de equilibrista coalicional para no perder el poder. Esto explica también la importancia del viaje a Washington y las agradables reuniones con Trump -solos y en parejas– que a través de las superficiales imágenes de prensa, televisivas y de internet, alimentan la narrativa a nivel popular y satisfacen las ansiedades de una masa de votantes de derecha, en los que se basa la coalición de gobierno en Israel, sin entrar en los verdaderos contenidos de las políticas de ambos países. Pese a todo, Netanyahu viajó no sólo a Washington sino también a Moscú y Beijing, denotando que la realidad es mucho más complicada que las sonrisas entre él y Trump o las expresiones retóricas de ambos.
Está bastante claro que el peso del establishment político-militar norteamericano combina con lo más substancial de la visión de Trump, que se expresa en la frase: ¡Primero América! Trump, artífice de la retórica simplista, sacó a la superficie y utilizó electoral y presidencialmente lo políticamente incorrecto y antidiplomático que, sin embargo, ha sido el credo y la guía de las políticas de EE.UU. desde que ese país existe como estado independiente. Por ende, los EE.UU. de Trump –y de cualquier otro presidente– apoyarán a Israel en la medida en que esto sirva a los intereses de EE.UU. Si Israel se transforma en una barrera o siquiera en una molestia para los intereses de EE.UU., será amonestada y luego presionada. Esto suena mal pero es real y siempre ha sido así, desde que Israel existe como estado independiente.

¿Un Estado? ¿Dos Estados?
El interés demostrado por la administración de Trump en el conflicto palestino-israelí va mucho más allá de la no tan simple frase del presidente, cuando afirmó que la solución puede ser tanto de dos Estados como de un solo Estado, y agregó que esto depende tanto de los israelíes como de los palestinos, pidiendo a Netanyahu que sea flexible para probar que desea la paz. No se trata de la declaración -tan esperada por la derecha israelí- que descartaría la solución que contempla la creación del Estado Palestino sino una demanda de flexibilidad –a Netanyahu y a la contraparte palestina– para llegar a la fórmula acordada entre ambas partes, de pacificación. El envío del abogado Jason Greenblatt –asesor de Trump con respecto a Israel y al conflicto palestino-israelí- como negociador entre ambas partes, devuelve a la administración de Trump a la senda en la que EE.UU. patrocina una solución basada en dos Estados como parte de la resolución de este conflicto. Así lo anunció también Nikki R. Haley, la embajadora del gobierno de Trump en la ONU que el 16 de febrero 2017 desdijo al presidente y reafirmó que los EE.UU. seguía apoyando el establecimiento del Estado Palestino en el marco de un acuerdo de paz con Israel.
No se trata de inercia sino de intereses. No se trata de simpatías personales sino de negociaciones políticas. El peso de los expertos en ambas partes no puede ser despreciado. Tampoco el que cada país ponga por delante sus propios intereses. La conclusión parcial es que pese a la florida retórica, las substancias, intereses, conocimientos y estrategias siguen siendo los mismos y que desde el Plan Clinton (2000) y los acuerdos de Taba (2001) no se han perfilado soluciones más lógicas que las que contemplan la paz entre el Estado de Israel y un futuro Estado Palestino.

* Doctor en Filosofía. Profesor Emérito de Ciencia Política. Universidad Hebrea de Jerusalén.

 
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