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 EDITORIAL
10/10/2016
Adelanto de la edición impresa
El cuco: Indagaciones sobre nuestra condición judía contemporánea

Exhibir hacia afuera una identidad judía solamente centrada en temas como la supervivencia y la memoria de los exterminios nos recuerda que fuimos frágiles víctimas, pero también envenena esta identidad. ¿Es eso lo que queremos? ¿No va llegando, acaso, la hora de plantear las cosas de otro modo?
Por Diego Niemetz *

Desde hace tiempo intento pensar una cuestión que, al menos para mí, es sumamente compleja. Esta inquietud se ha agudizado especialmente en estos días, cuando surgen noticias muy preocupantes, sobre ciertas manifestaciones de jóvenes de escuelas secundarias de distintos lugares del país (incluyendo al muy prestigioso colegio Martín Zapata de Mendoza, desde donde escribo estas líneas). Mi pregunta, sencillamente es la siguiente: ¿qué debe hacer un judío frente a las manifestaciones antisemitas? El sentido común dice que lo que debe hacer es indignarse, denunciar, defenderse, entre otras reacciones típicas propias de la víctima de una injusticia.
No pretendo juzgar a quienes consideran que ese es el modo adecuado de actuar, pero pienso que ésta es también una manera de no llegar al fondo del problema. Y voy a ser más específico: el fondo del problema es: ¿de qué modo queremos ser judíos?
Llevo por lo menos 20 años pensando en cómo ser judío sin ser un estereotipo judío. En cómo definir una identidad judía que me haga sentir identificado con lo que yo pienso que debe ser el judaísmo. Es una identidad que ha intentado ser persistente y consecuente. Si no creo en Dios, y si no me siento cómodo en la sinagoga, ¿por qué debería dejar de ser judío?, ¿por qué no podría seguir siéndolo?; si no me identifico con una dirigencia o con una ideología o si no necesito casarme con una mujer judía, ¿eso hace que mi identidad judía ‘cese’? Creo que no, y creo que este mismo proceso es experimentado de muy diversas maneras por muchos de mis paisanos. Y creo que es muy importante hablar de esto, porque hace a nuestra diversidad.
Y si me detengo en esta intimidad, es porque creo que también hay ahí una parte de la respuesta a la pregunta que planteé al comienzo: ¿acaso no ha sido un causal de la identidad judía occidental defenderse del antisemitismo? En esa línea podría decirse que la Shoá es una parte fundamental de nuestra identidad colectiva y, en contraprestación, pareciera como si de algún modo los judíos tuviéramos que fiscalizar los discursos que se lanzan al respecto: si en ese tema va una parte de nuestra esencia es evidentemente necesario que nos constituyamos en guardianes y garantes del ideologema ‘Shoá’. En la práctica esto significa que si alguien comienza a hablar sobre el tema, vamos a escuchar atentamente hasta poder detectar si lo que dice está dentro o fuera de lo tolerable. Si está dentro, respiramos aliviados y podemos, incluso, dejar de escuchar. Si está fuera, ahí comienzan los problemas, ahí es donde la luz de alerta informa que ‘debemos’ proceder… sólo que no hay un libreto sobre cómo proceder y sobre eso siempre hay disputas. En general, difícilmente nos plantearemos cuestiones del estilo sobre ¿cómo hemos llegado a saber qué queda dentro y qué se debe excluir de lo tolerable?

¿Chistes antisemitas? La ‘propiedad’ de la Shoa
Que un chico de una escuela secundaria haga chistes sobre el Holocausto no es necesariamente un acto antisemita y, además, no lo convierte a él en un antisemita. Es más que nada, un acto de ignorancia y de superficial rebeldía. Lo mismo podríamos decir de gente mayor. Suponer que la Shoá no existió o ventilar a los cuatro vientos que hay un plan de los judíos internacionalmente organizados para controlar las finanzas mundiales, imponer el comunismo y colonizar una parte de la Patagonia a través de los soldados de Israel (firmando antes un acuerdo secreto con el presidente de turno a través del cual, ellos, los judíos, se comprometen a cancelar la deuda internacional del país), suponer todas estas cosas, decía, es ante todo, un acto de la más profunda y recalcitrante ignorancia o, incluso, un síntoma de alguna psicopatología. Es una pena que en sociedades relativamente libres como la nuestra, la misma sociedad haya minimizado el problema de la tolerancia hasta permitir que personas que se creen muy inteligentes (y que, en el colmo de la estupidez, nunca dudan de su inteligencia) puedan elaborar y hacer circular ideas de este tipo como quien dice ‘hoy está por llover’.
Pero estas ‘joditas’ no son nuevas, yo mismo las he padecido en muchas ocasiones. Cuando yo iba a la secundaria, recuerdo que un compañero, al enterarse que yo era judío, hizo el saludo nazi como una ‘gracia’. Y también recuerdo que un profesor afirmó que los judíos son apátridas y que no cantan el Himno Nacional. Lo dijo exactamente (no es chiste) el mismo día en que yo había estado junto a él en un acto de la escuela, cantando el Himno. Volviendo a los casos recientes, creo que lo nuevo es que, redes sociales mediante, estos discursos circulan, llegan mucho más (y, en verdad, creo que también tienen más posibilidades de reproducción social).
El error que cometemos, es pensar que somos nosotros las víctimas de estas acusaciones, cuando en verdad la única víctima aquí es la sociedad en la cual vivimos. El error que cometemos es reivindicar la Shoá como un evento que va contra los judíos (aunque los judíos de ese entonces hayan sido su objetivo), cuando en verdad fue un atentado contra la humanidad, un genocidio. El error que cometemos es presentarnos ante la sociedad (o permitir a la sociedad que nos considere) como un colectivo homogéneo: ser judío es, apenas, una idea de pertenencia, una clasificación estereotipada que habilita al ‘ustedes los judíos’. Y esa idea de pertenencia es, en gran medida, la idea de que nosotros somos los hijos de la Shoá, los depositarios de su memoria.
No pienso que los ‘chistes’ de los ‘chicos’ (ni de los grandes) acerca de la Shoá sean inocuos, insignificantes, ni tampoco creo que haya que olvidarlos o pasarlos por alto. Quiero ser claro al respecto: no son chistes y son peligrosos. Pero, no parece que la solución sea el obvio ruido mediático que estas cosas causan (en la mentalidad discriminatoria sería consecuencia de que los medios están manejados por judíos), creo que hay que empezar a pensar, a barrer el problema desde otro lugar. La Shoá, si es que nosotros estamos comprometidos a sacar una enseñanza de ese tremendo episodio, debe dejar de ser un argumento emocional con el cual justificar que no se nos puede discriminar. Es fácil ver la costura de ese argumento: somos los hijos o los nietos o los bisnietos de los sobrevivientes… ¿de qué mérito estamos hablando? En cambio, la experiencia de la ‘postmemoria’ de la Shoá debe afianzarse como el ejemplo de lo fácil (de lo excesivamente fácil) que puede resultar sembrar las condiciones de exclusión y de exterminio en las conciencias adormecidas de una sociedad entera, relativamente culta, como la alemana (que sirve como ejemplo de una sociedad más amplia, también relativamente culta, que es la sociedad europea que, por cierto, sigue practicando todo tipo de atrocidades con sus ciudadanos no homogeneizados étnica y culturalmente mientras escribo esas líneas: entonces, me pregunto, ¿qué aprendieron los europeos de la Shoá? ¿Qué transmitieron a sus hijos y a sus nietos y a sus bisnietos los espectadores del más brutal dispositivo de aniquilación que un estado occidental haya montado en la historia reciente en contra de sus propios ciudadanos?).
Y en ese sentido, la mirada discriminatoria es mucho más amplia e involucra un esfuerzo mucho más grande de parte de todos nosotros. Por ejemplo, y para no ponernos demasiado filosóficos: ¿qué clase de lenguaje usamos nosotros, en tanto judíos, musulmanes, católicos, argentinos, mendocinos, negros, blancos, italodescendientes, hispanodescendientes, grecodescendientes, etc. para referirnos a los habitantes de los barrios periféricos de conflictividad social alta? ¿Qué lenguaje permitimos que nuestros hijos usen para referirse a los adversarios cuando van a la cancha a ver un partido de fútbol? En tanto minoría étnica alguna vez discriminada, ¿con cuánta energía repudiamos otros actos de discriminación cotidianos? En tanto individuos conscientemente críticos y lúcidos (como todos creemos ser después de pasar algunas horas leyendo artículos de opinión en internet o, con suerte, algún capítulo de algún libro de Foucault), ¿con cuánta facilidad asociamos el Islam con actos de terrorismo? ¿Con cuánta frecuencia usamos la palabra ‘puto’ como un insulto?

¿Somos sólo víctimas y sobrevivientes?
Decidí titular estas páginas con el nombre de un pájaro que pone sus huevos en un nido que le es ajeno, para que otro empolle sus crías como si fueran propias, sin saber que ha sido engañado. Algo así está pasando con nosotros: hacemos un esfuerzo gigantesco para demostrar cosas que no nos corresponde demostrar, con el agravante de que no percibimos que lo que en verdad estamos haciendo es reforzar el punto de vista de los demás. Exhibir hacia afuera una identidad solamente centrada en temas como la supervivencia y la memoria de los exterminios (a la Shoá, a los pogromos, al atentado a la Amia) nos recuerda que fuimos frágiles víctimas, pero también envenena nuestra identidad. Lo podría expresar así: si no podemos crear una identidad que no sea la de la víctima, no seremos otra cosa que víctimas. El cuco es también un monstruo con el que se suele asustar a los niños que no quieren irse a la cama o tomar la sopa. Uno deja de creer en el cuco cuando crece y comienza a asumir sus propias decisiones como, por ejemplo, pasarse la noche en vela aunque al otro día haya que trabajar o a no tomarse la sopa, aunque el médico lo prescriba.
Woody Allen lo satiriza muy bien en una escena memorable de Deconstructing Harry, en la cual el personaje principal discute con su cuñado sobre la importancia de la Shoá: harto, el protagonista asegura que no es un concurso para ver quién tiene la mayor cantidad de muertos. Sospecho que, como en la historia del cuco y como en la película de Allen, este juego le sirve a muchos ‘dentro’ y ‘fuera’ de la comunidad. En todo caso, magnitudes aparte, deberíamos sentir la misma indignación cuando una persona es discriminada por su orientación sexual, por su color de piel o por su adscripción política. Deberíamos luchar, con la misma fuerza, para esclarecer la memoria de otros genocidios, cuyo señalamiento, estudio y memoria es tan loable y deseable como el de la Shoá.
Va siendo hora de soltar, de dejar que la Shoá, el antisemitismo, la discriminación comiencen a ser un problema de la sociedad y no de los judíos. La Amia es un grave déficit de todos los argentinos, no de los judíos argentinos. El mito del deicidio sigue funcionando, pero no parece haber muchos interesados en combatirlo. Ser antisemita es una vergüenza, negar la Shoá es otra muy grande, pensar en conspiraciones es una muestra cabal de la estupidez de quien expresa la idea, estamos todos de acuerdo en eso. Sin embargo, en mi opinión, no debemos pensar que somos los judíos quienes tenemos el monopolio de la reacción al respecto, algún tipo de dominio especial sobre el tema. Podemos ser actores importantes, encarar proyectos educativos, etc. pero no podemos ser los vigilantes del discurso. Nuestra función, según lo entiendo, debe ser la de participar en la elucidación de esta verdad simple y dolorosa: el problema es compartido, no es nuestro.
Creo que se trata de una tarea magnífica para llevar adelante en un país que tiene dirigentes, periodistas y literatura antisemitas antes de tener judíos, un récord del cual nadie parece hacerse mucho cargo.

* Doctor en Letras. Investigador del Conicet. Director de la Cátedra Libre de Cultura Judía de la UNCuyo

 
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20/01/2018 / ruben socolovsky
A PROPOSITO CUANDO LA PLAGA DEL ANTISEMITISMO VUELVE A EXPANDIRSE AGREGO ESTOS DOS ARTICULOS. ESPERO SEAN DIFUNDIDOS. SALUDOS Ruben

El 17 de enero de 2018, 18:15, Mauricio escribió:
Estimada Anna Donner:
No te conozco personalmente aunque sí conocí como cliente al Ingeniero que tenía tu apellido.
Nadie puede no estar de acuerdo con lo que escribes, solamente quienes llevan adentro ese maldito virus que no tiene explicación ni contravacuna que es el antisemitismo.
Por mi experiencia de toda una vida en mi Montevideo natal, a la que se agregan 14 años ya en Israel, puedo agregar algunos detalles a tu pensamiento escrito.
Nos sucedió a mi esposa y a mí hace 5 años, estar en un hotel de veraneo en las costas de Almería (España), que nos sentamos junto a una pareja porque eran prácticamente los únicos que hablaban español entre tantos turistas alemanes y británicos, y conversábamos muy bien. Pero en el momento en que nos preguntaron de donde éramos y les dijimos que vivíamos en Israel, sin dudar un segundo, se pararon, dijeron "permiso" y se fueron. Al contarlo aquí en Rehovot, varias personas comentaron que a ellos les sucedió algo similar.
En otra oportunidad, volvíamos de pasear por España, justo el día que comenzó la última guerra de Gaza, pero todavía no sabíamos eso. Pasé prácticamente más de 4 horas de viaje en el fondo del avión de Iberia, discutiendo con una azafata española. Yo le decía que musulmanes mataban cristianos por el sólo hecho de ser cristianos, y ella me repetía: "no puede ser, eso no es cierto". De nada sirvió que se acercó a ayudarme un javer-kibutz que viajaba en el mismo avión.
El Papa Francisco, tan amigo de los judíos, dice que el pueblo hebreo no tiene culpa alguna de la muerte de Jesús, tal como lo dijo un antecesor en dicho cargo y la declaración oficial de la iglesia católica. Pero muchos sacerdotes siguen predicando la culpabilidad de nuestro pueblo y Francisco no los castiga como correspondería a su responsabilidad.
Quien fue mi mejor amigo durante 70 años, por el hecho de ser comunista él y toda su familia, prefirió creer en todo lo malo que los comunistas y la prensa de "izquierda" nos achacan, y no en las documentaciones que le envié, como la traducción al español de la constitución del Hamas y muchas otras cosas.
Ningún filósofo, sicólogo o pensador logró descifrar el enigma del por qué del nacimiento del antisemitismo. Hace poco leí un buen artículo donde se descartaban todos los motivos expresados, mostrando claramente que no eran motivos sino simples pretextos, como ser: matamos a Jesús, somos los dueños del mundo, somos capitalistas explotadores, somos comunistas, somos imperialistas, matamos niños para hacer matzá con su sangre, envenenamos los pozos de agua, y tantos argumentos ridículos más.
Llevamos miles de años siendo el chivo expiatorio de cuanta cosa mala sucede, pero no logramos entender por qué somos los elegidos.
Podemos agregar más argumentos, con mayor lógica que los otros. Los gobiernos musulmanes no nos quieren porque damos un mal ejemplo como es hacer del desierto un jardín, vivir en libertad y democracia, aceptar al diferente (exceptuando al 10% ultraortodoxo que es igual de retrógrado); los pueblos musulmanes no nos quieren porque se les predica odio desde el día de su nacimiento, y se les inculca el culto a la muerte en lugar del culto a la vida. Quienes se dicen "izquierda" (me niego a usar ese término) nos odian porque somos amigos del imperialista Estados Unidos; si leyeran por ejemplo "Mi vida" de Golda Meir, algo que no van a hacer, verían que apenas formado el primer gobierno de Israel, su primer tarea fue ir a la Unión Soviética para hacer una buena relación; fue el rechazo rotundo de Stalin (otro dictador-asesino-antisemita) lo que obligó al muy pobre y recién nacido Estado de Israel a pedir ayuda al otro poderoso de la época. Para la izquierda somos fascistas-colonialistas-capitalistas, y al mismo tiempo para la derecha somos comunistas.
Internet, gran invento revolucionario, permite que cualquier persona exponga sus pensamientos, por lo que vemos una gran mayoría de ignorantes, mal hablados, mal intencionados, escribiendo burdamente lo que quieren. No puedo decir "lo que piensan" porque la mayoría no piensa, solamente repite o inventa. Aunque se dice que para luchar contra el enemigo hay que saber cómo piensa, es mejor para nuestra salud no leer los comentarios que aparecen en lugares como Facebook o al pie de artículos periodísticos.
Dijo Einstein: "Tengo miedo del día en que la tecnología vaya a sobrepasar la interacción humana. El mundo será una generación de idiotas." (sic).
Hace poco, no recuerdo qué medio de prensa, publicó un gran titular: "Palestino muerto en un atentado terrorista". Pocos leen más allá del título, esos pocos se enteraron con letra muy pequeña que el palestino muerto era justamente el terrorista que se hizo explotar en un restaurante europeo, donde los comensales resultaron gravemente heridos. Como ya lo dije, la prensa amarilla se volvió primero naranja y se está haciendo cada vez más color púrpura; la sangre vende periódicos, y si es relacionada con "víctimas" de los israelíes mejor.
Un palestino muerto ocupa mucho lugar en la tapa, 1.000 musulmanes asesinados por musulmanes casi ni se ve por lo pequeño del artículo; parecería que solamente los gays del mundo saben que en Israel existe libertad de expresión y democracia, y es por eso que a sus desfiles vienen muchos de ellos de todas partes del mundo. Te imaginas un desfile gay en Arabia Saudita, Irán, Qatar ?
Estás muy en lo cierto cuando te sientes como dentro de una cárcel. Nos damos cuenta tarde, lamentablemente, porque amamos al país que nos vio nacer, pero viviendo en Israel sufro muchos problemas pero no el antisemitismo. De nada vale poner en la cárcel a algún Paladino, al asesino de David Fremd, dejar en ridículo al dueño del hostel de Valizas. Los antisemitas existen y seguirán existiendo en todas partes. Recuerda una famosa encuesta que se hizo entre escolares españoles hace unos años; los niños decían pestes de los judios, pero todos afirmaron no haber visto a uno, y a la pregunta de cómo los distinguirían, algunos llegaron a decir que tenemos cuernos y cola.
Sigamos adelante, hagamos nuestra vida. Al enemigo se le puede atacar de muchas maneras, y escribiendo y viviendo es la mejor. La pareja israelí simplemente se fue a otro hotel si darle importancia, eso es lo que declararon en la TV israelí.
Un abrazo,
Mauricio Aliskevicius
Rehovot - Israel
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El 17/01/2018 a las 03:13 AM, Anna Donner escribió:





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Anna Donner y Fabian Rubinstein publicaron en Porque tambien los judios tenemos derecho a un Estado y existencia !!!.



Anna Donner
17 de enero a las 3:12

En las cárceles antisemitas.

Cada vez que los periódicos despliegan una noticia que tiene que ver con Israel, israelíes, o con judíos (como la vandalización al Memorial del Holocausto), se eleva desde el fondo de las cloacas ese sentimiento reprimido que existe, vive y perdura. No sólo en Uruguay, sino en el mundo entero.

Debido a mi actividad literaria, me es necesario estar “metida adentro de la computadora”. Es en las redes sociales donde estos sentimientos de desprecio por todo lo que tiene que ver ya no con Israel sino con “lo judío” alzan cada vez más su voz, no es como antes, que muchos lo pensaban pero callaban, ahora el jubileo antisemita canta gozoso y gozado ante cada nueva oportunidad.

Y caigo en la cuenta de cuán coartada está mi libertad para expresarme sin caer en lo “políticamente incorrecto”. Cuando publiqué mi novela titulada “La Judía de Montevideo”, yo estaba sentada en el stand de la Feria del Libro que la ofrecía. Los ávidos consumidores literatos leían la palabra “Judía” y giraban la cabeza con desprecio, ni se detenían para ver la contracara. Aquel gesto fue un indicador muy representativo, ¿si no le hubiera puesto “judía” en el título, el público aquel día habría visto mi libro con otros ojos?

Soy poeta y narradora, y en el círculo el asunto es muy contundente: Mucha poesía acerca de la guerra, de la única guerra que parece existir para los poetas del Mundo: El conflicto del medio Oriente. He leído a muy pocos hablar de otras guerras, menos aún escribir poesía para aquellas mujeres que se mueren bajo una burka, cero letras para el hambre del África, pero millones de poemas caratulados “Gaza” y “Palestina”.

Lo confieso: por momentos cada vez que escribo siento que estoy en una cárcel. No está bien visto hacer un poema que refiera a una cuestión judía o a judíos. Menos aún, un poema que refiera a hitos de la historia de Israel.

Hace diez años que hago columna con respecto a temas de antisemitismo y de la miope visión local. Y he constatado que cada vez que escribo la palabra “Israel”, una helada indiferencia se transforma en el fuego de un dragón que me respira en la espalda. Todos mis colegas hacen silencio, algún “me gusta” como diciendo “como sos vos, sólo porque sos vos, te regalo un me gusta”.

Soy judía, y muy orgullosa de mis raíces. Escribiría mil poemas acerca de mi historia, pero es ahí donde el filo de un estilete de cuatro puntas me desafía. Ecos resuenan: “Si escribís poesía judía, sos una asesina sionista”.

No desvarío, la semana pasada el hecho de que dos jóvenes israelíes fuesen rechazados en un hospedaje en Valizas dio lugar a los más nauseabundos comentarios antisemitas en las redes: Que se habla de ellos porque son israelíes, pero que nadie habla de la discriminación que sufren quienes viven en el barrio cuarenta semanas. Que como los jóvenes habían hecho el ejército, entonces eran agresivos. Que nos dejemos de “llorar” y nos “fijemos en cómo están los palestinos masacrados todos los días por el estado sionista asesino”. Que no nos diferenciemos por ser judíos, que somos iguales a todos, que qué nos creemos que somos. Y yo… con mis letras censuradas, con mis poemas amputados de todo rastro de judeidad…

Estoy agotada, me lastima que la gente nos juzgue sólo por el simple hecho de ser judíos, me indigna que utilicen la palabra “sionista” como un insulto cuando las mayorías no tienen la menor idea del verdadero significado de la palabra, estoy harta de esos mapas incisivos que publican en las redes marcando “cuánto espacio hemos robado” al “pueblo palestino”.

Yo soy una persona siempre abierta al debate y al análisis, pero las sociedades están perdiendo exponencialmente esa capacidad; les es imposible salir de una estructura de pensamiento binario: O es blanco, o es negro, o es bueno, o es malo.

En medio de tanta incomunicación se hace aún más complicado decir o escribir cualquier cosa que refiera a la Shoa, a los abuelos, a los familiares masacrados en los campos de exterminio: “Por algo les pasó” tuve que soportar leer hace un par de años.

No soy libre para llorar a mis muertos, no soy libre para cantar el Hatikva, estoy, irremediablemente, presa.

Shalom.


23/10/2016 / Kurt Brainin
Muy interesante la sugerencia de Emma Kestelboim, por lo que valga mi opinión le doy mi apoyo.

19/10/2016 / natalio daitch
Reitero, en muchos casos hay judìos que se fabrican su propio laberinto.Y buscan enredarse en el conflicto, cuando en realidad el judaìsmo raigal es tan hermoso y tiene tanto para que podamos vivirlo y disfrutarlo.,En especial en esta hermosa festividad de Sucot, con todas las oraciones(tefilot) y bendiciones(berajot).
La idea serìa buscar lo bueno, es decir el camino de la Torà, ya que todos sus caminos son agradables.
Saludos, cordial Shalom, y Jag Sucot Sameaj.







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